No es un fallo del pulso
ni una niebla que nuble la cabeza.
Es algo más hondo, más antiguo:
el alma que se sienta en su rincón
y apaga, despacio, los candiles.
No sangra hacia afuera.
No grita.
Es una piedra lisa en mitad del pecho,
un cántaro que ya no recuerda el peso del agua,
un pájaro que pliega las alas
no por cansancio del vuelo,
sino porque el aire ha perdido su peso de cielo.
La depresión
es quedarse a vivir en el zaguán de uno mismo:
mirar cómo pasan las horas, los nombres, los trenes,
y sentir que nada de aquello
te pertenece ya.
Es un invierno sin ramas ni nieve,
un frío descalzo que no busca abrigo
porque cree que su castigo
es permanecer a la intemperie.
Se cierran las puertas sin ruido.
El mundo afuera sigue su estruendo de mercados y prisas,
pero por dentro el silencio es tan espeso
que hasta rezar parece una mentira.
El alma no lo pide,
porque todo consuelo tiene prisa
y ella solo sabe estar
en el fondo del pozo,
esperando a que la sombra
termine de decir lo que calla.
Y, sin embargo…
allí, bajo el silencio,
queda un hilo de agua que no cesa.
No alcanza todavía los labios,
no devuelve los nombres ni los trenes,
pero baja por la piedra del pecho
y se recoge lentamente
en el cántaro vacío.
Cuando todo se derrumba
y cae la noche,
el barro del cántaro
empieza a recordar
el peso del agua,
y el pájaro, aún inmóvil,
nota otra vez en el aire
el peso del cielo.
Antonio Portillo Spínola ©