Doblas la ropa sin mirar la cama,
con un pudor de tactos ya sabidos:
la lana que aún retiene alguna hebra,
la manga que dejamos en olvido.
No encendemos la luz; la media tarde
basta para entender por qué no miro.
Tu mano busca el borde de la mesa,
mi sombra se retira sin motivo.
Hay un calor de piel que todavía
pelea con el frío del pasillo;
el café tibio, el roce de los dedos
que tiemblan al rozar el mismo vidrio.
Te abrochas el abrigo lentamente,
pasando cada botón por su resquicio;
tus ojos no perdonan mi garganta,
el nudo que se traga sin alivio.
Gira la llave, el aire se repliega,
la puerta encaja en seco sobre el quicio:
un hueco tibio donde estuvo el cuerpo,
la forma de tu peso sobre el lino.
Antonio Portillo Spínola ©
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Autor:
Spinoport (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 9 de septiembre de 2026 a las 03:18
- Comentario del autor sobre el poema: En este poema hablo de una despedida que no necesita explicaciones ni reproches. Dos personas comparten por última vez los gestos cotidianos de una intimidad que se termina: doblar la ropa, beber un café, rozarse los dedos y abrochar lentamente un abrigo. La habitación conserva todavía el calor de quien está a punto de marcharse, mientras el silencio ocupa todo aquello que ninguno se atreve a decir. El hueco del abrigo es también el vacío que deja la ausencia: una presencia que desaparece tras la puerta, pero cuya forma permanece sobre las sábanas y dentro de quien se queda. Es un poema sobre ese instante en que el amor ya se ha despedido, aunque el cuerpo conserve todavía su calor.
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

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