Doblas la ropa sin mirar la cama,
con un pudor de tactos ya sabidos:
la lana que aún retiene alguna hebra,
la manga que dejamos en olvido.
No encendemos la luz; la media tarde
basta para entender por qué no miro.
Tu mano busca el borde de la mesa,
mi sombra se retira sin motivo.
Hay un calor de piel que todavía
pelea con el frío del pasillo;
el café tibio, el roce de los dedos
que tiemblan al rozar el mismo vidrio.
Te abrochas el abrigo lentamente,
pasando cada botón por su resquicio;
tus ojos no perdonan mi garganta,
el nudo que se traga sin alivio.
Gira la llave, el aire se repliega,
la puerta encaja en seco sobre el quicio:
un hueco tibio donde estuvo el cuerpo,
la forma de tu peso sobre el lino.
Antonio Portillo Spínola ©