De viaje, hace pocos días
pasé cerca de su pueblo,
y tras su grato recuerdo,
dudé de si vivíría.
Razonable era la duda,
porque era mayor que yo,
que soy bastante mayor,
y sentí cierta amargura,
por no poderle decir,
ni intentarlo tan siquiera,
ya nunca, ni si viviera,
lo que ella me hizo sentir.
Yo no era más que un pipiolo,
dieciséis años tenía,
andaba en bici y solía
salir a entrenar yo solo
y, al fin de la rodadura,
paraba siempre en un bar
del pueblo para escuchar,
previo pago en la ranura
de la máquina de discos,
sinfonola la llamaban,
canciones que interpretaban,
mis artistas favoritos.
Un día, tras el concierto,
en la barra estaba ella,
la chica nueva, era bella
y me miraba, por cierto.
Desde entonces, yo volvía,
casi tanto o más por verla,
la dicha de conocerla
un sueño me parecía.
Me llevaría, si acaso,
seis años, o quizá más,
yo, un tímido por demás,
no osaba dar ningún paso.
Una día, de sopetón,
dijo, dándome una pista,
que mis piernas de ciclista
le gustaban un montón.
Un sábado yo pasaba
por la plaza, hoy de los fueros,
del pueblo, dando un paseo,
y me paré, pues sonaba
música disco que el menda,
en una instancia pidió
y el consistorio accedió,
viendo la idea estupenda.
Me paré junto al nogal
muy frondoso todavía,
que, frente al kiosko, aún podía
dar cobijo al personal.
La música me gustaba,
la había elegido yo,
y en esto que apareció,
la chica que me encantaba.
Un saludo y, de repente,
como estando en su derecho,
se apretó contra mi pecho,
bailando, supuestamente,
y, al descuido de la gente,
no había mucha al principio,
bailamos sin un resquicio
entre ambos, divinamente.
Nunca nadie me apretó
tan fuerte como esa dama,
ni bailando, ni en la cama,
y hasta el alma me llegó.
Esas capas de electrones
que impiden todo contacto
-según Feynman-, ipso facto,
se fueron de vacaciones.
Cuando yo en la gloria estaba
sucedió que, de repente,
vi a pocos metros, enfrente,
a mi padre que miraba.
Quizá en un bar, cerca, estaba
y alguien que entraba le dijo:
sal fuera y mira a tu hijo
y él salió a ver qué pasaba
En su cara creí ver,
sutilmente combinados,
el asombro y el agrado,
si tal cosa puede ser.
Aquello rompió el encanto,
no obstante, y nos separamos
ella y yo y nos alejamos,
no imaginaba yo cuanto,
pues cuando, un día más tarde,
paré en el bar, ya no estaba,
se fue, como alguien contaba,
con la música a otra parte.
A veces me he preguntado
si, a modo de despedida;
fue el baile meta cumplida,
por ser capricho anhelado,
que quiso ver culminado
justo antes de su partida,
pero en mi dejó una herida
que solo el tiempo ha sanado.
De viaje, hace pocos días
pasé cerca de su pueblo,
y tras su grato recuerdo,
dudé de si vivíría.
Yo no sé si vive acaso
o, por el contrario, ha muerto,
ella vive en mi recuerdo,
aun si, en parte, fue un fracaso.
© Xabier Abando, 08/09/2026
-
Autor:
Xabier Abando (
Offline) - Publicado: 8 de septiembre de 2026 a las 06:33
- Categoría: Amor
- Lecturas: 15
- Usuarios favoritos de este poema: Mauro Enrique Lopez Z., Antonio Pais, Flor de otoño, Daniel Omar Cignacco, Mª Pilar Luna Calvo

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