Xabier Abando

Se llamaba Magdalena


De viaje, hace pocos días
pasé cerca de su pueblo, 
y tras su grato recuerdo, 
dudé de si vivíría. 

Muy lógica era la duda,
porque era mayor que yo, 
que soy bastante mayor, 
y sentí cierta amargura. 

por no poderle decir, 
ni intentarlo tan siquiera, 
ya nunca, ni si viviera,
lo que ella me hizo sentir. 

Yo no era más que un pipiolo,
dieciséis años tenía, 
andaba en bici y solía 
salir a entrenar yo solo. 

y al final de la andadura
paraba siempre en un bar
donde solia escuchar,
previo pago en la ranura

de la máquina de discos,
sinfonola la llamaban,
canciones que interpretaban, 
mis ídolos favoritos. 

Un día, tras el concierto,
en la barra estaba ella, 
la chica nueva, muy bella, 
y mirándome, por cierto. 

Desde entonces, yo volvía, 
más que nada ya por verla,
la dicha de conocerla 
un sueño me parecía. 

Me llevaría, si acaso, 
seis años, o quizá más,
yo, un tímido por demás, 
no osaba dar ningún paso. 

Una vez, de sopetón, 
dijo, dándome una pista, 
que mis piernas de ciclista 
le gustaban un montón. 

Un sábado yo pasaba 
por la plaza, hoy de los fueros,
del pueblo, dando un paseo,
y me paré, pues sonaba

música disco que el menda,
en una instancia pidió  
y el consistorio accedió 
sin que le dolieron prendas. 

La música me gustaba,
la había elegido yo,
y en esto que apareció, 
la chica con que soñaba. 

Un saludo y, de repente,
como estando en su derecho,
se apretó contra mi pecho, 
bailando, supuestamente,

sin importarnos la gente,
no había mucha al principio, 
bailamos sin un resquicio 
entre ambos, divinamente. 

Nunca nadie me apretó 
tan fuerte como esa dama,
ni en el baile, ni en la cama.
hasta el alma me llegó. 

Esas capas de electrones 
que impiden todo contacto
-según Feynman-, ipso facto, 
se fueron de vacaciones. 

En el cielo estaba yo
y sucedió, de repente,
que, casi frente por frente, 
mi padre allí apareció. 

En su cara creí ver,
sutilmente combinados,
el asombro y el agrado,
si eso puede suceder. 

Aquello rompió el encanto,
no obstante, y nos separamos
los dos y nos alejamos.
no pensaba yo que tanto. 

Cuando algún día más tarde 
pasé por el bar no estaba,
dijeron que lo dejaba, 
poniendo rumbo a otra parte.

Muchas veces he pensado 
que el baile fue despedida
si así fue, dejó una herida 
que solo el tiempo ha sanado. 

De viaje, hace pocos días
pasé cerca de su pueblo, 
y tras su grato recuerdo, 
dudé de si vivíría. 

Yo no sé si vive acaso
o, por el contrario, ha muerto, 
ella vive en mi recuerdo,
aun si fue, en parte, un fracaso. 

© Xabier Abando, 08/09/2026