El aire se detiene, denso y ciego,
sin un rumor que cruce por el patio.
La acacia calla, inmóvil la baldosa;
la piedra aprende el arte del espanto.
Huele a cemento tibio y a presagio,
a polvo suspendido en el espacio;
el cielo baja a ras de las cornisas,
un plomo gris que pesa sobre el barrio.
La luna es una mancha en el asfalto,
un charco blanco, mudo y derramado.
No hay sombras que caminen las esquinas,
ni un solo pájaro en el cable helado.
Todo es un muro oscuro que retiene
la inmensa gravedad de lo que callo:
el mundo es un pulmón que no respira,
un vaso al borde, solo aire debajo.
Y entonces cae, nítida y rotunda,
clavando su cristal sobre el tejado.
El asfalto devuelve la luz rota,
y el agua muerde al fin lo desolado.
Antonio Portillo Spínola ©
-
Autor:
Spinoport (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 8 de septiembre de 2026 a las 04:17
- Comentario del autor sobre el poema: En este poema utilizo el instante anterior a la lluvia como imagen de todo aquello que permanece contenido dentro de mí. El aire inmóvil, el cielo de plomo, las calles vacías y el mundo convertido en un pulmón que no respira representan esa espera asfixiante en la que algo necesita suceder, pero todavía no encuentra la forma de comenzar. El vaso al borde, con solo aire debajo, simboliza mi propio equilibrio: una quietud aparente sostenida sobre el vacío. Nada ha caído aún, aunque todo anuncia que esa inmovilidad no puede prolongarse. La primera gota rompe finalmente la tensión. No llega como una caricia, sino como un cristal que se clava y transforma cuanto toca. El agua no borra la desolación: la descubre, la refleja y la obliga a manifestarse. La víspera del agua habla, por tanto, del momento inmediatamente anterior a una liberación interior: ese instante en que callar pesa más que romperse.
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

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