El aire se detiene, denso y ciego,
sin un rumor que cruce por el patio.
La acacia calla, inmóvil la baldosa;
la piedra aprende el arte del espanto.
Huele a cemento tibio y a presagio,
a polvo suspendido en el espacio;
el cielo baja a ras de las cornisas,
un plomo gris que pesa sobre el barrio.
La luna es una mancha en el asfalto,
un charco blanco, mudo y derramado.
No hay sombras que caminen las esquinas,
ni un solo pájaro en el cable helado.
Todo es un muro oscuro que retiene
la inmensa gravedad de lo que callo:
el mundo es un pulmón que no respira,
un vaso al borde, solo aire debajo.
Y entonces cae, nítida y rotunda,
clavando su cristal sobre el tejado.
El asfalto devuelve la luz rota,
y el agua muerde al fin lo desolado.
Antonio Portillo Spínola ©