—Cuida que no te agarre la noche en el monte, Jacinto.
Cómo recuerdo las palabras de aquel viejo, aunque nunca les tomé importancia.
Aquella vez subí al cerro a divisar los animales.
El ambiente se tornó pesado, el calor más sofocante y mi garganta se secó en un instante. Parecía que el viento y la humedad habían huido de algo que también les daba miedo.
Un frío recorrió todo mi cuerpo, mis poros se erizaron y un cosquilleo se postró detrás de mi nuca.
—¿Cómo estás, Jacinto? —se escuchó detrás de las nopaleras de los linderos.
—¿Quién eres tú? —respondí inquieto.
La tarde empezaba a caer y el último rayo de sol dormía sobre la llanura de la pradera.
—Siempre he caminado a tu lado, pero hoy nos vamos a reconocer cuando la luna acobije al último rayo de sol.
Cuando menos lo pensé, la oscuridad ya era densa.
—La misma tierra que te vio nacer, la que hoy pisas con tus pies, la misma que te reclama, Jacinto.
Mis ojos no veían más allá de mis ojos.
Se escuchaban los ruidos de mis animales. Mugían con intensidad, como si algo los atormentara.
Caí tres veces y comí tierra amarga.
—¿Qué tanta prisa llevas, Jacinto? Qué torpe es tu paso.
—A donde vamos no hay tiempo. ¿Qué es lo que ves?
Vi una luz pequeña que se asemejaba a una lámpara.
—Creo que me buscan.
Traté de gritar para que me escucharan, pero un sonido sordo salía de mi garganta.
—¿Qué tanto hablas, Jacinto? A donde vamos no necesitas hablar. Tus acciones serán tu mejor voz.
—¿Qué tanto hiciste en vida, Jacinto? ¿De qué te arrepientes?
—No he hecho nada malo. A mi familia y a mis animales siempre los he tratado bien.
—Recuérdalo, Jacinto. Cuando te perdiste en las nopaleras.
—Era muy niño. Solo quería llegar a casa. No sabía dónde estaba ni qué sería de mí. Solo pedí llegar a abrazar a mi padre y a mi madre.
—¿Qué prometiste, Jacinto? ¿Recuerdas?
Estabas hincado, levantaste la mirada al cielo y, con lágrimas escurriendo por tus mejillas, prometiste no volver a pisar el monte, Jacinto.
—Dulces lágrimas de niño que probé cuando cayeron sobre la áspera tierra.
—Eso lo dije sin pensar. Solo quería volver a casa. ¿Acaso no tienes piedad?
—¿Por qué prometes partes de mí si yo soy el único dueño?
—Las tierras son mías y tienen mi nombre en las escrituras.
—Cada árbol, cada nopal, cada piedra y cada grano de tierra que tú ves, Jacinto, es mío.
—¿Sabes quién es Hetmilo, Jacinto?
—¿Hetmilo?
—Hetmilo carga una cicatriz con tu nombre en su tronco.
—¿Qué? Era un adolescente y no sabía lo que hacía. Solo era un árbol.
—Ya vas entendiendo, Jacinto.
—Pero ¿qué pasa? Todo eso fue hace más de cuarenta años. Mis pies crujen, mis manos están ásperas y mi piel seca, pero aún queda mucho por dar.
—No funciona así, Jacinto. Para mí el tiempo no existe. Tal vez para mí es, como dicen ustedes, como si hubiese sido ayer.
—¿Qué alcanzas a ver en tus manos, Jacinto?
Bajé la mirada.
—Es sangre de un viejo coyote que tuve que matar porque andaba cerca de mis animales. ¿Pero eso qué tiene que ver?
—¿Cómo llegaste a casa cuando eras niño, Jacinto?
—Recuerdo que seguí a un coyote y terminé en los límites de la ranchería antes del atardecer.
—Sé cómo cuidas a tu familia, Jacinto. Ahora cuidarás de mis montes y parcelas.
—Todo mi ser guarda secretos y las promesas se cumplen al pie de la letra.
—Prometiste no volver y mírate aquí.
Sentí mis pies más ligeros, mi pecho más cerca del suelo. Mi vista se aclaró y pude ver la luna en todo su esplendor, iluminando aquel llano.
Nuevos olores perfumaban el ambiente y pude escuchar
los secretos que guarda el monte.
Entonces, una voz me susurró al oído:
—Hoy tomarás su lugar.
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Autor:
[Héctor Franco] (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 6 de septiembre de 2026 a las 02:56
- Categoría: Cuento
- Lecturas: 2

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