Guardan ríos y lagunas
con su gracia y su candor,
escondiendo el resplandor
bajo el manto de las lunas.
No conocen de fortunas
más que el cauce transparente,
donde brota la corriente
que da vida a la floresta,
en una eterna respuesta
al susurro de la fuente.
Habitan el hondo nido
donde el musgo verde crece,
y el sauce se desvanece
con un lamento rendido.
El viajero confundido
halla calma en su frescura,
y deleita su hermosura
donde la deidad vigila,
con su gracia tan tranquila,
la corriente limpia y pura.
Hijas del caudal fluvial,
de la lluvia bendecida,
dan al bosque la comida
con su soplo celestial.
En su templo de cristal
curan la herida sedienta,
cuando el calor atormenta
y la tierra clama el riego,
ellas apagan el fuego
que la sequía presenta.
Cual destello de cristal
en la fuente rumorosa,
danza la Náyade hermosa
celebrando su caudal.
En su lecho manantial
teje cantos de agua pura,
mientras peina con soltura
su cabello de neblina,
cuando el alba ya camina
alejando la negrura.
Al llegar la madrugada
se sumergen en el río,
coronadas por el frío
de su fuente consagrada.
La corriente plateada
guarda el rastro de su andar,
un eterno transitar
entre el mito y la ribera,
donde el alma siempre espera
ver su belleza brillar.
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Autor:
Juan Roldan (
Online) - Publicado: 4 de septiembre de 2026 a las 08:51
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 2

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