Juan Roldan

Décimas de las Náyades

Guardan ríos y lagunas

con su gracia y su candor,

escondiendo el resplandor

bajo el manto de las lunas.

No conocen de fortunas

más que el cauce transparente,

donde brota la corriente

que da vida a la floresta,

en una eterna respuesta

al susurro de la fuente.

 

Habitan el hondo nido

donde el musgo verde crece,

y el sauce se desvanece

con un lamento rendido.

El viajero confundido

halla calma en su frescura,

y deleita su hermosura

donde la deidad vigila,

con su gracia tan tranquila,

la corriente limpia y pura.

 

Hijas del caudal fluvial,

de la lluvia bendecida,

dan al bosque la comida

con su soplo celestial.

En su templo de cristal

curan la herida sedienta,

cuando el calor atormenta

y la tierra clama el riego,

ellas apagan el fuego

que la sequía presenta.

 

Cual destello de cristal

en la fuente rumorosa,

danza la Náyade hermosa

celebrando su caudal.

En su lecho manantial

teje cantos de agua pura,

mientras peina con soltura

su cabello de neblina,

cuando el alba ya camina

alejando la negrura.

 

Al llegar la madrugada

se sumergen en el río,

coronadas por el frío

de su fuente consagrada.

La corriente plateada

guarda el rastro de su andar,

un eterno transitar

entre el mito y la ribera,

donde el alma siempre espera

ver su belleza brillar.