Blanco
Desganados copos planean perezosos
sobre el inmaculado manto,
vistiendo de regio armiño los aterrados árboles.
El purificado paisaje acalla rojas voces
sobre un verde temeroso de pasadas edades.
El aire escucha en denso silencio
la oscura letanía que difumina de gris el horizonte.
Dejaré la huella atormentada de mis descalzos pasos
y mi aliento congelado, junto con mi acento.
Y acallaré las voces suplicantes
de mi segado espíritu
y mi sordo corazón.
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Autor:
Ricardo García Lozano (
Offline) - Publicado: 4 de septiembre de 2026 a las 06:03
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 30
- Usuarios favoritos de este poema: Mauro Enrique Lopez Z., Gabriel Aranda, Antonio Pais, Maby De los Peña, JoseAn100, Nelly Cevallos - Liora, racsonando, Mª Pilar Luna Calvo

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Se que el poema debe hablar por si mismo, pero he querido explicar mi intencion en este poema:
COMENTARIO AL POEMA BLANCO
El poema presenta, en apariencia, un paisaje nevado. La nieve cae lentamente sobre un mundo inmóvil y lo cubre con un «inmaculado manto». Sin embargo, desde los primeros quiero mostrar una inquietud que impide interpretar esa blancura como símbolo de paz o pureza.
Los copos son «desganados» y «perezosos», y los árboles están «aterrados». La naturaleza parece encontrarse bajo una amenaza. El «regio armiño» con que la nieve viste los árboles introduce ya la contradicción fundamental del poema: aquello que parece noble, hermoso e inmaculado puede estar cubriendo algo terrible.
La nieve es una metáfora del encubrimiento. El ser humano cubre sus atrocidades con una apariencia de limpieza moral. La superficie queda blanca, hermosa, intachable; debajo permanece aquello que no queremos mirar.
El segundo bloque profundiza en esa idea:
«El purificado paisaje acalla rojas voces»
El paisaje ha sido «purificado», pero esa purificación es engañosa. El blanco no ha eliminado las «rojas voces»: las ha acallado. El rojo introduce la presencia de la sangre, de la violencia y de la barbarie. Las voces rojas son, por tanto, aquello que debería seguir clamando contra lo sucedido.
Y esas voces quedan extendidas «sobre un verde temeroso de pasadas edades». El verde representa aquí la vida, la naturaleza, aquello que permanece, pero es un verde que conserva memoria. El pasado no ha desaparecido: ha sido cubierto.
Después el poema se introduce en el ámbito del silencio:
«El aire escucha en denso silencio
la oscura letanía que difumina de gris el horizonte.»
Una imagen significativa. El silencio no es ausencia de aquello que ocurrió; es precisamente la consecuencia de haberlo acallado. La «oscura letanía» parece representar la repetición interminable de la violencia, la culpa o el sufrimiento, mientras el gris va borrando el horizonte.
Y entonces aparece el hablante.
«Dejaré la huella atormentada de mis descalzos pasos»
Aquí se produce una inversión esencial. La nieve, que hasta entonces servía para borrar, conserva paradójicamente las huellas del hombre. El hablante deja su rastro sobre aquello que pretendía ocultarlo todo.
Los «descalzos pasos» añaden vulnerabilidad. No hay protección entre el hombre y ese paisaje helado. Camina directamente sobre él y deja una huella «atormentada».
También dejará:
«mi aliento congelado, junto con mi acento.»
En esta imagen he querido poner de manifiesto que el hablante deja no solamente una huella física, sino su respiración y su voz. El aliento es vida; el acento es identidad y palabra. Ambos quedan congelados.
Pero el último movimiento es el más perturbador:
«Y acallaré las voces suplicantes
de mi segado espíritu
y mi sordo corazón.»
Aquí el poema deja de hablar solamente de los otros que encubren la barbarie y coloca al propio hablante dentro de esa responsabilidad.
Él también acallará las voces.
Su espíritu está «segado»: ha sido herido, mutilado, privado de su capacidad de levantarse contra aquello que contempla. Y su corazón es «sordo»: no porque no existan las voces del sufrimiento, sino porque ha dejado de escucharlas.
He querido hacer el final muy duro. La verdadera consecuencia del manto blanco no es que desaparezca la barbarie, sino que desaparezca nuestra capacidad de escucharla.
En sentido global
«Blanco» debe leerse, como una reflexión sobre la capacidad humana de cubrir sus propias atrocidades con una apariencia de pureza hasta conseguir que la conciencia deje de escucharlas.
La nieve es hermosa, pero su belleza resulta terrible.
El blanco oculta el rojo.
El silencio oculta el grito.
El gris oculta el horizonte.
Y finalmente el corazón se vuelve sordo.
He querido mostrar una paradoja fundamental que sostiene el poema:
la nieve limpia la superficie, pero no limpia la realidad.
Lo que ocurrió permanece debajo.
Lo más inquietante es que el poema no termina con el descubrimiento de esa verdad, sino con la decisión de acallarla. El hombre sabe que existen esas voces, pero decide silenciarlas.
«Blanco» no es realmente un poema sobre la nieve. Es un poema sobre la blancura con la que los seres humanos cubrimos nuestra propia barbarie y sobre el terrible precio de hacerlo: convertir nuestro corazón en un corazón sordo.
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