Ausencias intermitentes como el Guadiana
Nunca entendí los prejuicios que tenía la gente a la hora de aceptar una relación; tampoco conseguía enamorarme; las personas me parecían todas iguales: dos ojos, dos brazos, dos piernas. Nada de lo que me contaran quedaba fuera de mi imaginación; ningún lugar que me describieran era lo bastante exótico para mí, y ninguna relación, por escabrosa que pareciera, me sorprendía; quizás por eso las relaciones que tuve ya nacieron abocadas al fracaso. Necesitaba encontrar un tipo de relación que no fuera más de lo mismo porque, si no, me veía viviendo solo el resto de mi vida.
Me encontraba veraneando en la playa; alojado en una casa de huéspedes a pensión completa. Por la mañana temprano solía pasear por la arena en dirección a las rocas; me sentaba en una piedra con los pies en el agua; a esa hora bajaba la marea y el mar solía estar tranquilo. Llevaba días observando a los cangrejos; pensé que quizás era la respuesta que buscaba. Estaba harto de tanta relación mediocre y falta de inventiva, y me fijé en los cangrejos que nadaban a mi alrededor. No sabía muy bien cómo entrarles a los cangrejos; estaba falto de práctica. Los estuve observando; en las rocas no daba tanto el oleaje y los cangrejos se exhibían dejándose llevar.
No todos los cangrejos son iguales; pasa al revés que con las personas. Uno de ellos, al que ya había echado el ojo días atrás por su enorme atractivo, en lugar de coger la marea de vuelta, se quedó a mi lado. Yo lo tomé como una señal. Me miraba con sus ojos extraviados y sentí como mariposas en el estómago.
Lo cogí con cuidado y lo puse dentro de un cubo, que había comprado exprofeso. Elegí uno que tenía pintada una caracola; me recorrí medio mercadillo, pero lo hice con gusto; pensé que se sentiría más acompañado en caso de que aceptara venir conmigo. No negaré que lo tenía planeado; aparte de su físico, me cautivó su manera de enfrentarse a las olas y su capacidad de andar de lado. Todavía me quedaban unos días de vacaciones y me lo llevé al hostal.
Los huéspedes no dieron importancia al hecho de que llegara con un cangrejo; les extrañó mucho más que un tipo gordo con la espalda peluda y entrado en años se paseara por el hall con un cubo pintado con una caracola.
Con el cambio de presión, el cangrejo fue creciendo; cuando llegué a la habitación, ya llenaba el cubo. A la mañana siguiente abrí los ojos y lo vi de pie delante de mí; rondaría el metro sesenta de altura. Me trabó el cuello con las pinzas en plan salvaje y me dio un beso de tornillo. Tenía gusto a sal y olía a mar. Esa situación a la mayoría de la gente le parecería peligrosa por el tema del tamaño y sobre todo por las pinzas, pero a mí me hizo mucha ilusión que me viera como un juguete sexual.
Busqué en el armario y le puse unos shorts y una camisa hawaiana y bajamos a desayunar al comedor. En el hotel nadie se extrañó de ver a un cangrejo con camisa hawaiana y shorts; quizás los ojos eran lo que les daba un poco de grima. El cangrejo se dio cuenta y dejó de moverlos de acá para allá.
En esta casa de huéspedes se alojaba gente con comportamientos que al cangrejo le parecieron fuera de toda lógica; la mesa de al lado, por ejemplo, la ocupaba un matrimonio que tenía dos niños que les hacían la vida imposible, y a pesar de ello se volcaban en atenciones; lo más lógico para el cangrejo hubiera sido comérselos. La mesa de la izquierda la ocupaba una señora mayor con aire sofisticado como de estrella de cine, un perrito pequinés con un lazo rosa en la cabeza al que solía sentar a su lado y un señor con bigote; cada vez que el señor se acercaba para hacerle cuatro carantoñas, el perrito le gruñía.
El cangrejo entablaba conversaciones con ellos; era muy sociable. En una de estas conversaciones, puso la pinza en el respaldo de la silla donde estaba la señora y el perrito también le gruñó; la mujer, disculpándose, reñía al perrito. Cuando la señora volvió la vista hacia el plato, el cangrejo chascó las pinzas en actitud amenazadora. No me importó el gesto de violencia del cangrejo; al fin y al cabo, nadie es perfecto. A mí me gusta chupar la cabeza de las gambas.
El ayuntamiento, para promocionar el turismo, organizaba una verbena en el parque municipal cada jueves por la noche; nosotros nos íbamos a la mañana siguiente, así que después de la cena nos arreglamos y fuimos a bailar. Nos acompañaron los vecinos del perrito. No paró de ladrar en todo el camino y eso importunaba al cangrejo. Ocupamos una mesa al lado de la pista; el pequinés continuaba gruñendo, ahora al cangrejo, ahora al señor del bigote, así que saqué a bailar al cangrejo. Tocaban un vals; cada vez que pasábamos por delante, el perrito ladraba. En uno de los giros, el perrito saltó de la silla y se le clavó en una de las patas al cangrejo. El cangrejo empezó a correr con el pequinés colgando; el señor del bigote y yo fuimos detrás, pero los perdimos de vista. Al rato nos pareció ver la espalda del cangrejo detrás de un seto; me temí lo peor; cuando lo rodeamos, vimos al perrito gruñéndole al cangrejo que abría y cerraba las pinzas amenazador. El señor del bigote cogió al pequinés en brazos, no sin ciertas reservas, y nos hizo ademán de que no nos preocupáramos.
Yo sabía que este tipo de episodios violentos a veces causaban excitación a las parejas y así fue. Nos íbamos besando por la calle como poseídos; llegamos al hotel y subimos a la habitación.
A las diez de la mañana la habitación debía quedar libre, pero nos quedamos dormidos. Subió la dueña, abrió con la llave maestra y nos pilló en la cama. Pobre mujer, se disculpó como pudo. Nos vestimos y bajamos a recepción; liquidé la cuenta y nos despedimos. La dueña, que me conocía de muchos años, le guiñó un ojo al cangrejo en señal de complicidad mientras su marido y el señor del bigote, que estaba a su lado, le miraban el culo.
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Autor:
crisantemo (
Offline) - Publicado: 31 de agosto de 2026 a las 04:42
- Categoría: Surrealista
- Lecturas: 28
- Usuarios favoritos de este poema: JordiCris ✍️, Tommy Duque, Jaime Correa, Mª Pilar Luna Calvo, Mauro Enrique Lopez Z., LuJITar, Antonio Pais, alicia perez hernandez, JUSTO ALDÚ, El Hombre de la Rosa, Sheilo Sanz, Éusoj Nidlaj, Martha patricia B, Juez, El desalmado, JAGC, Carlos Baldelomar, Emilia🦋, Llaneza, Aqua Marina
- En colecciones: Relato corto.

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Comentarios6
Los cangrejos tenemos esa parte lunática que nos hace atractivos o que genera cierto temor pese a ser grandes empáticos y protectores además de sensibles y emotivos. Me faltaba por ver uno de mi especie con camisa hawaiana. Precioso relato
A veces la sociedad censura algunas relaciones sin profundizar demasiado.
Un cordial saludo
A veces no, siempre. Hay una falsa moral en lo que a las relaciones humanas se refieres, Un abrazo
Excelente relato del amor de los hombres estimado poeta y fieal amigo Crisantemo
Saludos españoles de tu amigo Críspulo
El Hombre de la Rosa
Hola amigo Críspulo, celebro que le haya gustado el relato. Un afectuoso saludo.
Ese es un amor bastante exótico,
Un placer leerle estimado poeta.
Reciba un saludo cordial 🙏🌷🙋♀️
Celebro que le haya gustado Sheilo
Un afectuoso saludo.
Siempre es un placer leerle. 🙏
Saludos siempre 🌹🙋♀️🧡
JAJAJA . Amigo poeta. Afortunado tú. Cuando uno se encuentra un cangrejo en la vida, debemos aprovechar. Abracitos.
A que sí, tendrías que haberlo visto... ja ja
Un fuerte abrazo.
No pues si leerlo fue un espectáculo, que no sería presenciarlo. Gracias Cris. por tu letras. Abracitos
Buen relato sobre el "humano" y el 'cangrejo'...
Cordial saludo.
Hola Nhilath, muchas gracias por el comentario, celebro que te haya gustado, es un placer.
Un afectuoso saludo
Es un relato de humor absurdo, surrealismo y sátira social muy bien ensamblados. Lo más divertido es que el narrador -o sea tú- aceptas lo imposible con una naturalidad absoluta: encontrar el amor en un cangrejo gigante le parece bastante más razonable que soportar otra relación humana mediocre.
El texto funciona especialmente bien porque la lógica del mundo permanece seria mientras lo absurdo crece: el cubo con caracola, el cangrejo de camisa hawaiana, los huéspedes que apenas se sorprenden, el pequinés convertido en antagonista y, finalmente, esa dueña que guiña el ojo mientras el marido y el señor del bigote miran el culo. El remate tiene una excelente tradición de humor negro y esperpéntico.
Hay un poco de todo, diría yo. Al leer el último párrafo cierra el relato con una especie de golpe de timón: después de todo lo ocurrido, lo verdaderamente absurdo ya no es el cangrejo, sino la normalidad de los humanos. Ahí está, a mi juicio, la gracia literaria más potente del cuento. Muy bien presentado.
Saludos
Hola Justo, es usted un lector excelente, su lectura siempre va más allá que es lo que el autor pretende. En la teoría del relato hay una máxima que dice que el autor debe establecer un pacto con el lector y a partir de ahí ser coherente con esa realidad pactada sea verídica o no, de lo contrario el lector se siente engañado y deja de leer. Muy bien visto lo del narrador. Elegí un narrador en primera persona porque acerca la experiencia, lo probé en tercera persona y el resultado no era el mismo. Respecto al humor, déjeme ofrecerle una cita que es una de mis preferidas:
"¿El humor? No sé lo que es el humor. En realidad
cualquier cosa graciosa, por ejemplo, una tragedia.
Da igual". Buster Keaton.
Un cordial saludo.
Recibida y leída la cita. Saludos.
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