Era un tajo sin ojos en la pulpa,
un mordisco de piedra que no hablaba.
La carne se pudría en su ignorancia,
reclinada en la cal de los rincones,
masticando la noche como un perro
que no distingue el látigo del hueso.
La sal fue trabajando la juntura,
limando las aristas del espanto.
Y la costra aprendió a mirar la tierra.
No se cerró la hendidura como un pacto
ni se volvió más suave la intemperie:
creció un ojo de vidrio en la fractura,
una raíz de cal que busca el agua
y mide exactamente lo que falta.
Ahora el corte arde con el sol:
conoce la madera que lo astilla,
el peso de la piedra,
la distancia del golpe hasta la sangre.
Antonio Portillo Spinola ©
-
Autor:
Spinoport (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 29 de agosto de 2026 a las 03:32
- Comentario del autor sobre el poema: Este poema representa para mí el momento en que una herida antigua deja de ser solamente dolor y comienza a revelar su origen. Hay daños que nacen antes de que tengamos palabras para comprenderlos. La carne los recuerda, aunque la conciencia todavía no sepa nombrar aquello que sucedió. El paso del tiempo no cierra necesariamente la herida ni suaviza la intemperie. Lo que puede ofrecer es una mirada distinta. Por eso imagino un ojo de vidrio creciendo dentro de la fractura: la herida continúa existiendo, pero ya no está ciega. Ahora reconoce la madera que la astilló, el peso de la piedra y el recorrido del golpe hasta la sangre. Para mí, ese es el verdadero alfabeto de la herida: aprender a leer lo vivido. Comprender no borra el daño, pero permite que deje de gobernarnos desde la oscuridad.
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

Online)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.