Antonio Portillo

El alfabeto de la herida

 

​Era un tajo sin ojos en la pulpa,

un mordisco de piedra que no hablaba.

La carne se pudría en su ignorancia,

reclinada en la cal de los rincones,

masticando la noche como un perro

que no distingue el látigo del hueso.

​La sal fue trabajando la juntura,

limando las aristas del espanto.

​Y la costra aprendió a mirar la tierra.

No se cerró la hendidura como un pacto

ni se volvió más suave la intemperie:

creció un ojo de vidrio en la fractura,

una raíz de cal que busca el agua

y mide exactamente lo que falta.

​Ahora el corte arde con el sol:

conoce la madera que lo astilla,

el peso de la piedra,

la distancia del golpe hasta la sangre.

Antonio Portillo Spinola ©