Cuando era pequeña solía decirme que era un niño,
porque los niños eran torpes y descuidados,
y las niñas: cautela, timidez y ternura.
Al lado de ellas me volvía amorfa.
Incapaz de verme con otros ojos,
incapaz de abrazarme frente a extraños.
Nunca olvidaré mi rostro apenado.
Anhelaba ser percibida como ellas:
tan bien peinadas, tan bien vestidas,
con adornos en la ropa y belleza en la mirada.
Mientras tanto,
yo arrastraba un aspecto descuidado,
los ojos tristes y la boca curvada hacia abajo.
¿Por qué no me veía como ellas?
¿Por qué nunca recibí un comentario
que me llamara dulce, amorosa o bien portada?
Nadie se detuvo a conocerme,
a mirar más allá de lo que otros comentaban,
mientras yo añoraba palabras, contacto, compañía.
Para todos fui siempre la callada,
la reservada, la tímida, la incómoda.
Siempre había una etiqueta marcando la línea entre la ternura ajena y mi propio dolor.
Crecí habitando el mundo
pensando que un intruso vivía en mi interior.
Nunca fui reservada
Ese fue el muro
que los demás construyeron ante mí
para justificar que mi rareza
no encajaba en su medida.
Hoy miro a aquella niña de boca curvada,
la que cargaba con la pena de ser vista.
Quiero decirle que nunca estuvo rota,
que la ternura no habita en el paisaje,
sino en los ojos de quien observa.
-
Autor:
Vega (Seudónimo) (
Online) - Publicado: 28 de agosto de 2026 a las 00:50
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 2

Online)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.