Loresita

Niño

Cuando era pequeña solía decirme que era un niño,

porque los niños eran torpes y descuidados,

y las niñas: cautela, timidez y ternura.

 

Al lado de ellas me volvía amorfa.

Incapaz de verme con otros ojos,

incapaz de abrazarme frente a extraños.

 

Nunca olvidaré mi rostro apenado.

Anhelaba ser percibida como ellas:

tan bien peinadas, tan bien vestidas,

con adornos en la ropa y belleza en la mirada.

 

Mientras tanto,

yo arrastraba un aspecto descuidado,

los ojos tristes y la boca curvada hacia abajo.

 

¿Por qué no me veía como ellas?

¿Por qué nunca recibí un comentario

que me llamara dulce, amorosa o bien portada?

 

Nadie se detuvo a conocerme,

a mirar más allá de lo que otros comentaban,

mientras yo añoraba palabras, contacto, compañía.

 

Para todos fui siempre la callada,

la reservada, la tímida, la incómoda.

 

Siempre había una etiqueta marcando la línea entre la ternura ajena y mi propio dolor.

 

Crecí habitando el mundo

pensando que un intruso vivía en mi interior.

 

Nunca fui reservada

Ese fue el muro

que los demás construyeron ante mí

para justificar que mi rareza 

no encajaba en su medida.

 

Hoy miro a aquella niña de boca curvada,

la que cargaba con la pena de ser vista.

Quiero decirle que nunca estuvo rota,

que la ternura no habita en el paisaje,

sino en los ojos de quien observa.