Farmacopea del rencor

Jesus de los Angeles Valdivieso Alarcon

​Debería buscar el vaso frío,

pensar tan solo en el paracetamol.

Si la jaqueca vuelve y se instala en la sien,

la antigua regla dicta arrancarla de pronto.

Sacarla de raíz, de un solo tajo,

tal como me arranqué de la memoria

la falsa mansedumbre de tus ojos.

 

​Esos ojos de víctima perfecta

que un día me dijeron: «Vuelve, extraño».

¿Frente a qué espejo ensayaste la pena?

¿Cuántas lágrimas falsas derramaste

para armar el teatro del exilio?

 

Y volvimos, cedí, claro que dimos

el mismo paso ciego hacia el abismo.

Para que, apenas despuntando el viernes,

la calle te encontrara en otras manos.

 

Para que aquel milagro del regreso

se disolviera al fondo de la sangre

durando menos que una triste aspirina.

 

​Eres hoy el cinismo hecho persona,

el rostro fiel de la traición andante.

Eres el omeprazol de madrugada

después de la ceguera y la resaca.

 

Todo en tu gran teatro fue ganancia,

maestra absoluta de mentiras.

​El virus de tu culpa fabricada,

ese arrepentimiento de fachada,

lo vino a devorar el aciclovir.

 

¿Dónde escondiste, dime, la vergüenza?

Bajo el asiento oscuro de aquel auto,

huyendo por la noche con tu amante.

​Pensar que te creí la voz quebrada,

pensar que abrí la puerta al enemigo.

 

La fiebre sube, el cuarto da mil vueltas,

y tu recuerdo es una tos que ahoga.

​Me recetan reposo y luz sumisa,

me exigen no pensar en la basura.

 

Porque en tu escena todo fue un negocio

donde yo puse el alma y tú la ruina.

​Es mucho más sencillo, al fin y al cabo,

curar esta migraña trepanante

que tragarme de nuevo tu estupidez.

 

Se apaga el eco. Silencio en el cuarto.

Es la hora del vaso de agua.

Ver métrica de este poema


Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.