Debería buscar el vaso frío,
pensar tan solo en el paracetamol.
Si la jaqueca vuelve y se instala en la sien,
la antigua regla dicta arrancarla de pronto.
Sacarla de raíz, de un solo tajo,
tal como me arranqué de la memoria
la falsa mansedumbre de tus ojos.
Esos ojos de víctima perfecta
que un día me dijeron: «Vuelve, extraño».
¿Frente a qué espejo ensayaste la pena?
¿Cuántas lágrimas falsas derramaste
para armar el teatro del exilio?
Y volvimos, cedí, claro que dimos
el mismo paso ciego hacia el abismo.
Para que, apenas despuntando el viernes,
la calle te encontrara en otras manos.
Para que aquel milagro del regreso
se disolviera al fondo de la sangre
durando menos que una triste aspirina.
Eres hoy el cinismo hecho persona,
el rostro fiel de la traición andante.
Eres el omeprazol de madrugada
después de la ceguera y la resaca.
Todo en tu gran teatro fue ganancia,
maestra absoluta de mentiras.
El virus de tu culpa fabricada,
ese arrepentimiento de fachada,
lo vino a devorar el aciclovir.
¿Dónde escondiste, dime, la vergüenza?
Bajo el asiento oscuro de aquel auto,
huyendo por la noche con tu amante.
Pensar que te creí la voz quebrada,
pensar que abrí la puerta al enemigo.
La fiebre sube, el cuarto da mil vueltas,
y tu recuerdo es una tos que ahoga.
Me recetan reposo y luz sumisa,
me exigen no pensar en la basura.
Porque en tu escena todo fue un negocio
donde yo puse el alma y tú la ruina.
Es mucho más sencillo, al fin y al cabo,
curar esta migraña trepanante
que tragarme de nuevo tu estupidez.
Se apaga el eco. Silencio en el cuarto.
Es la hora del vaso de agua.