Con los fragmentos de esperas
en la dársena del puerto,
fabrico un barco sin velas
y floto haciéndome el muerto.
Con los trozos de botella,
después de la botadura,
hago un puzle de las huellas
que dejó el tiempo que dura.
Con los rescoldos del fuego
que va dejando mi ausencia,
hago cubitos de hielo
(en justa correspondencia).
Con la brisa que me toca
cuando ya no estoy al mando,
oigo decir en tu boca:
las letras se van volando.
Virtuoso en el oficio
de andar por la cuerda floja
y enganchado al viejo vicio
de tomar lo que se antoja,
iba luciendo palmito
por las grises avenidas
con marchamo de bonito
felino con siete vidas.
En sus manos el cubata
le duraba solo un rato;
nunca supo ante una gata
buscarle tres pies al gato.
Su cuenta, siempre pagada
por algún que otro pardillo,
su brillantina en el pelo,
su barba bien rasurada;
en la boca, su palillo
para sacar los paluegos,
un peluco de bolsillo,
herencia del bisabuelo:
un Rólex que no era Rólex
y, por supuesto, un anillo
en la falange del pólex
con un pedrusco amarillo.
Sus gafas de sol de espejo
opacando las miradas,
su arruga en el entrecejo,
sus uñas bien recortadas,
excepto la del meñique,
para hurgar en el tabique
del cerumen de la oreja
y, si me apuras un poco,
para peinarse una ceja
o para sacarse un moco.
Un pantalón que sujete
su culo bien apretao,
iba marcando paquete
y marcaba territorio
desde Sol hasta Callao:
el barrio era su emporio.
Hechuras como un pincel,
andares de tentetieso;
la que no moría por él,
suspiraba por sus huesos.
El mejor autodidacta
de la coba y los halagos,
su voz levantaba el acta
en las tertulias con tragos.
Galanteaba con todas,
las rubias y las morenas;
enemigo de las bodas,
el divo de las verbenas.
El bar era su oficina,
eran milongas las penas;
la calle, un coto de caza,
contaba en todas las cenas
una churri en cada plaza.
Lo decía a boca llena:
nadie le dio calabazas.
Sus zapatos mocasines
con sus calcetines blancos,
en el pecho dos delfines
tatuados en sendos flancos.
Se jugaba el patrimonio
apostando por un beso
y huía de San Antonio
de Padua como un poseso.
El Sol era su cliente,
la Luna, su secretaria,
y aún no nació el valiente
que le lleve la contraria.
Una noche, alguna dama,
sin filtros ni componendas,
le comentó que su fama
era una enorme leyenda
de amoríos que se expande.
-No es nada que me sorprenda:
es verdad, la tengo grande.
-Oye, perdona, embustero,
yo hablaba de tu leyenda...
-¿Y a qué crees que me refiero?
EPÍLOGO:
Por el azar del destino,
deambulando por las calles,
me topé con su sobrino
y, al preguntarle por él,
me dijo que ya se fue
en una caja de pino.
No pregunté más detalles.
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Autor:
Franjablanca (
Offline) - Publicado: 12 de agosto de 2026 a las 07:24
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

Offline)
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