Franjablanca

El Pichi del barrio

Virtuoso en el oficio

de andar por la cuerda floja

y enganchado al viejo vicio

de tomar lo que se antoja,

iba luciendo palmito

por las grises avenidas

con marchamo de bonito

felino con siete vidas.

En sus manos el cubata

le duraba solo un rato;

nunca supo ante una gata

buscarle tres pies al gato.

 

Su cuenta, siempre pagada

por algún que otro pardillo,

su brillantina en el pelo,

su barba bien rasurada;

en la boca, su palillo

para sacar los paluegos,

un peluco de bolsillo,

herencia del bisabuelo:

un Rólex que no era Rólex

y, por supuesto, un anillo

en la falange del pólex

con un pedrusco amarillo.

 

Sus gafas de sol de espejo

opacando las miradas,

su arruga en el entrecejo,

sus uñas bien recortadas,

excepto la del meñique,

para hurgar en el tabique

del cerumen de la oreja

y, si me apuras un poco,

para peinarse una ceja

o para sacarse un moco.

Un pantalón que sujete

su culo bien apretao,

iba marcando paquete

y marcaba territorio

desde Sol hasta Callao:

el barrio era su emporio.

 

Hechuras como un pincel,

andares de tentetieso;

la que no moría por él,

suspiraba por sus huesos.

El mejor autodidacta

de la coba y los halagos,

su voz levantaba el acta

en las tertulias con tragos.

 

Galanteaba con todas,

las rubias y las morenas;

enemigo de las bodas,

el divo de las verbenas.

El bar era su oficina,

eran milongas las penas;

la calle, un coto de caza,

contaba en todas las cenas

una churri en cada plaza.

Lo decía a boca llena:

nadie le dio calabazas.

 

Sus zapatos mocasines

con sus calcetines blancos,

en el pecho dos delfines

tatuados en sendos flancos.

Se jugaba el patrimonio

apostando por un beso

y huía de San Antonio

de Padua como un poseso.

El Sol era su cliente,

la Luna, su secretaria,

y aún no nació el valiente

que le lleve la contraria.

 

Una noche, alguna dama,

sin filtros ni componendas,

le comentó que su fama

era una enorme leyenda

de amoríos que se expande.

 

-No es nada que me sorprenda:

es verdad, la tengo grande.

 

-Oye, perdona, embustero,

yo hablaba de tu leyenda...

 

-¿Y a qué crees que me refiero?

 

EPÍLOGO:

 

Por el azar del destino,

deambulando por las calles,

me topé con su sobrino

y, al preguntarle por él,

me dijo que ya se fue

en una caja de pino.

No pregunté más detalles.