El Día que el Sol cayó sobre Hiroshima y Nagasaki

Luis Barreda Morán

El día que el sol cayó sobre Hiroshima y Nagasaki

No fue el amanecer.

Ningún gallo abrió la mañana,
ninguna hoja bebió el rocío,
ningún niño aprendió el nombre de la luz.

Aquel día
el sol descendió enfermo de los hombres.

No cayó desde las montañas,
ni atravesó lentamente los océanos.

Salió del corazón de una máquina,
de un cálculo escrito sobre papeles impecables,
de una firma,
de una orden pronunciada con la serenidad
con que se decide el precio del trigo
o el destino de un cargamento.

Entonces
el cielo dejó de pertenecer a las nubes.

El fuego aprendió el idioma de la ciencia
y la inteligencia olvidó el lenguaje de la compasión.

La luz,
que había nacido para acariciar los trigales,
para encender la risa de los niños
y pintar de oro las espaldas de los ríos,
se convirtió en verdugo.

Jamás la estrella del día
había sentido tanta vergüenza.

Porque aquel resplandor
no era suyo.

Era una sombra disfrazada de sol.

Y cuando abrió sus ojos sobre Hiroshima,
las paredes perdieron sus nombres,
los árboles olvidaron el color de las estaciones,
los relojes quedaron detenidos
como si el tiempo hubiera comprendido
que continuar era una ofensa.

Los cuerpos
no tuvieron siquiera el privilegio de la muerte lenta.

Fueron viento.

Fueron polvo.

Fueron la memoria instantánea
de una respiración interrumpida.

Quedaron solamente
las siluetas.

Oscuras cicatrices sobre la piedra,
como si la ausencia
hubiera aprendido a dibujar.

Jamás la humanidad
había retratado con tanta precisión
su propia vergüenza.

Después vino el silencio.

No ese silencio de las montañas
que conversa con los pinos.

Ni el de los mares
cuando la tarde se adormece.

Era un silencio lleno de nombres.

De madres
que seguían llamando hijos
que ya eran ceniza.

De esposos
que abrazaban el humo
creyendo tocar un cuerpo.

De niños
que preguntaban por agua
mientras el agua
también moría.

Los ríos descendían
llevando en su corriente
rostros sin espejo,
cabellos convertidos en algas de ceniza,
ojos que seguían abiertos
porque todavía buscaban el mundo
que les habían robado.

Y la lluvia…

¡Qué lluvia tan extraña!

No fecundaba la tierra.

La enfermaba.

Caía negra,
pesada,
como si las nubes
hubieran llorado carbón y veneno.

Los peces aprendieron el sabor del átomo.

Las semillas
temieron despertar.

Las madres
parieron años enteros de incertidumbre.

La leche conoció el miedo.

Los vientres
aprendieron a esperar
sin saber si la vida
o la muerte
crecían bajo el mismo corazón.

Y cuando tres días después
otro sol artificial
descendió sobre Nagasaki,

la historia comprendió
que el horror
también podía repetirse.

No bastó una ciudad.

No bastó un cementerio sin tumbas.

No bastó un millón de lágrimas.

Hubo que demostrar
que el hombre
era capaz de fabricar
dos amaneceres para la muerte.

¿Qué clase de inteligencia
necesita convertir una ciudad
en una pregunta sin respuesta?

¿Qué victoria
puede levantarse
sobre un jardín donde los niños
desaparecieron antes que sus juguetes?

¿Qué bandera
merece ondear
sobre hospitales convertidos en polvo?

No fueron solamente
Hiroshima y Nagasaki.

Fue el juicio
contra la conciencia humana.

Fue el instante
en que el conocimiento
se arrodilló ante la barbarie.

Fue el segundo
en que la civilización
olvidó pronunciar
la palabra hermano.

Desde entonces
cada amanecer lleva escondida
una pequeña cicatriz.

El sol,
que nunca tuvo culpa,
sube despacio,
como pidiendo perdón
por un crimen
que jamás cometió.

Las golondrinas
siguen cruzando los cielos.

Los cerezos
persisten en florecer.

Los ríos
continúan buscando el mar.

La vida,
terca y luminosa,
se empeña en vencer a las cenizas.

Pero bajo cada flor
permanece dormida
la memoria.

Y cada agosto
la Tierra levanta lentamente
el rostro quemado de aquellos niños
para preguntarnos,
con una voz que ningún viento consigue borrar:

¿Aprendieron al fin
los hombres
que ningún imperio
vale el precio de un solo niño?

¿Comprendieron
que la ciencia sin conciencia
es un eclipse del alma?

¿Entendieron
que la paz
es el único sol
capaz de alumbrar
sin convertir a los hombres
en sombras?

Porque mientras exista
un solo arsenal
esperando una orden,

Hiroshima
seguirá amaneciendo.

Nagasaki
seguirá ardiendo.

Y la humanidad
caminará llevando sobre los hombros
el peso de dos soles muertos,

hasta el día
en que el último átomo destinado a la guerra
sea enterrado para siempre,

y la luz
vuelva a ser solamente
lo que siempre debió ser:

el rostro limpio de la vida,
el pan del alba,
la respiración del mundo,
el fuego humilde
que calienta las manos,
pero nunca más
el incendio del hombre
contra el hombre.

—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA 
Agosto, 2024.

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