Mi voz del interior

Anne Black

Tengo un sentimiento oculto, disfrazado de negación. Tal vez no lo sé. 

Lo real es que aún sueño con gente que me cuestiona y me obliga a decir la verdad que no puedo decir despierta, y que después retumba siempre. 

Mi corazón quiere jugar con mi mente, pero discuten hasta terminar enojados. Y yo quedo subida en una nube, sin nada. 

Tengo el miedo incorporado y lo intento evadir, resignando mi ser a la soledad, en un ambiente sin amor y lejos de ser feliz. 

"—No importa —me digo—. Así está bien". 

Pero cuando miro por allá, por acá, me agarra una angustia o me lleno de rabia, sin descubrir cómo aceptar mi destino. Ese destino al que me aferro en sostener, lastimando mis manos mientras la sangre corre y salpica mis pies.

Vivo en una mentira creada por un corazón terco. Sin embargo, mi mente por las noches me juega una mala pasada y me cuestiona. Creo que es en el único momento donde mi corazón lo admite y se deja perder la batalla. Pero al despertar reúne las fuerzas y nos envuelve en una simple palabra, pero que es lo suficientemente complaciente para que nos quedemos: "amor". 

Entonces parpadeo y vuelvo a vivir un cuento en donde ese "amor" dicta un: "estamos bien".

Aún no sé si es el miedo a mí misma, o a romper tantos años y sufrir por lo que quedará, o si simplemente es ese terror al dolor. Y por eso mismo, mis fantasmas con careta de gente no me dejan dormir. 

Al despertar pienso en mi padre, que me mira desde el cielo —o eso quiero creer— y me aflige pensar en su mirada decepcionada, como aquella vez que le fallé. 

Pero tranquilos, que como cada mañana me recompondré y saldré al mundo con mi sonrisa de frente, hasta que llegue la oscuridad de la noche y pueda, al fin, recostar mi cabeza en la almohada. Y con la luz apagada volcar todas mis tristezas, inseguridades y deseos en ese sueño que parece ser eterno, donde la gente me señala y me repite una y otra vez: "¿Por qué sigues ahí?". 

Y yo me sinceraré nuevamente hasta que el sol se ponga y mis ojos vuelvan a abrirse para comenzar un día nuevo y de lo mismo. 

Sin el amor de un hombre que duerme en la cocina, acurrucado al piso, mientras que como cada madrugada yo lo espero, esperanzada de que lo sentiré a mi lado. Aunque esa noche todavía no haya llegado, o solo ocurra cuando sus deseos deban ser complacidos. Y yo, con más ganas de sentirme amada que de sentir el placer del sexo, me entrego a sus brazos para hacer el amor y enredarme en poesía pura a la mentira que es nuestra vida.

 

 

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