Con los fragmentos de esperas
en la dársena del puerto,
fabrico un barco sin velas
y floto haciéndome el muerto.
Con los trozos de botella,
después de la botadura,
hago un puzle de las huellas
que dejó el tiempo que dura.
Con los rescoldos del fuego
que va dejando mi ausencia,
hago cubitos de hielo
(en justa correspondencia).
Con la brisa que me toca
cuando ya no estoy al mando,
oigo decir en tu boca:
las letras se van volando.
Salió como de la nada
de aquel siniestro pasillo
entre una sombra alargada
y, en ella, como un reflejo
que no llegaba a ser brillo:
me pareció desde lejos,
posiblemente, un cuchillo.
Su figura se acercaba
con la cara demacrada
y los ojos de un autillo.
Me alcanzó en un segundo
como si fuera un rodillo
y me clavó muy profundo
en el cuello su dentada
y el veneno que manaba
de la pulpa del colmillo,
aunque apenas sentí un roce
aquella noche a las doce
de luna llena estrellada...
(De fondo aullaba una loba)
Se desplazó desde el centro
a una esquina de la alcoba
con una mirada histérica.
Su imagen se quedó dentro
de mi vista periférica
y me dio tiempo a esquivar
su mano sobre la mía.
Aquel curvado cuchillo
que antes me parecía
en la penumbra observar,
resultó ser un anillo
para mi dedo anular.
Tras eludir aquel lance,
dejé fuera de su alcance
mi mano más evidente;
en la otra sujetaba
un zapato transparente
del que ya ni me acordaba
debido al vil incidente.
Por fin, aquella mujer
de piel fina y macilenta,
habló por primera vez
con voz firme pero lenta.
Me dijo solo: Javier
(su aliento era de menta),
me has buscado desde ayer...
y yo soy tu Cenicienta.
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Autor:
Franjablanca (
Offline) - Publicado: 2 de agosto de 2026 a las 08:16
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 11
- Usuarios favoritos de este poema: Mauro Enrique Lopez Z., Antonio Pais

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