Franjablanca

Cenicienta

Salió como de la nada

de aquel siniestro pasillo

entre una sombra alargada

y, en ella, como un reflejo

que no llegaba a ser brillo:

me pareció desde lejos,

posiblemente, un cuchillo.

 

Su figura se acercaba

con la cara demacrada

y los ojos de un autillo.

Me alcanzó en un segundo

como si fuera un rodillo

y me clavó muy profundo

en el cuello su dentada

y el veneno que manaba

de la pulpa del colmillo,

aunque apenas sentí un roce

aquella noche a las doce

de luna llena estrellada...

(De fondo aullaba una loba)

 

Se desplazó desde el centro

a una esquina de la alcoba

con una mirada histérica.

Su imagen se quedó dentro

de mi vista periférica

y me dio tiempo a esquivar

su mano sobre la mía.

Aquel curvado cuchillo

que antes me parecía

en la penumbra observar,

resultó ser un anillo

para mi dedo anular.

 

Tras eludir aquel lance,

dejé fuera de su alcance

mi mano más evidente;

en la otra sujetaba

un zapato transparente

del que ya ni me acordaba

debido al vil incidente.

 

Por fin, aquella mujer

de piel fina y macilenta,

habló por primera vez

con voz firme pero lenta.

Me dijo solo: Javier

(su aliento era de menta),

me has buscado desde ayer...

y yo soy tu Cenicienta.