Un sol de plomo parido por la envidia
gotea sobre la nuca del siglo.
Los hombres abren surcos en el barro
no para sembrar trigo,
sino para cosechar la saliva podrida de sus vecinos.
Suben las mareas de un llanto sin cauce,
un llanto de carne picada por tijeras invisibles,
hermano corta a hermano con una palabra de azufre,
mientras en los bolsillos del tirano
cantan las monedas,
grillos de oro que devoran el aire,
engranajes de carne viva que muelen el alma.
Odiamos la piel que no refleja nuestra propia sombra.
Miramos el color del ojo ajeno
y dibujamos murallas de hielo sobre sus pestañas.
La discriminación es un perro ciego
que muerde el pan del hambriento,
un espejo roto donde la especie se contempla
y decide arrancarse los labios para no besar.
¿Cuánto dolor cabe en la cuenca de una mano?,
todo el dolor del universo,
porque nosotros mismos fabricamos los clavos,
nosotros medimos el peso de la cruz en lingotes,
y después vendemos la sombra del ahorcado
por un puñado de polvo brillante.
El sentimiento es una navaja que nos tragamos abierta.
Amamos para herir,
sangramos para marcar el territorio,
y en la cúspide de la pirámide de hueso,
el dinero baila un tango de ceniza
sobre los cráneos amarillos de la fraternidad.
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Autor:
Leoness (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 31 de julio de 2026 a las 07:44
- Categoría: Reflexión
- Lecturas: 3
- Usuarios favoritos de este poema: Daniel Omar Cignacco

Offline)
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