Leoness

Cráneos de fraternidad

Un sol de plomo parido por la envidia

gotea sobre la nuca del siglo.

 

Los hombres abren surcos en el barro

no para sembrar trigo,

sino para cosechar la saliva podrida de sus vecinos.

 

Suben las mareas de un llanto sin cauce,

un llanto de carne picada por tijeras invisibles,

hermano corta a hermano con una palabra de azufre,

mientras en los bolsillos del tirano

cantan las monedas,

grillos de oro que devoran el aire,

engranajes de carne viva que muelen el alma.

 

Odiamos la piel que no refleja nuestra propia sombra.

 

Miramos el color del ojo ajeno

y dibujamos murallas de hielo sobre sus pestañas.

 

La discriminación es un perro ciego

que muerde el pan del hambriento,

un espejo roto donde la especie se contempla

y decide arrancarse los labios para no besar.

 

¿Cuánto dolor cabe en la cuenca de una mano?,

todo el dolor del universo,

porque nosotros mismos fabricamos los clavos,

nosotros medimos el peso de la cruz en lingotes,

y después vendemos la sombra del ahorcado

por un puñado de polvo brillante.

 

El sentimiento es una navaja que nos tragamos abierta.

 

Amamos para herir,

sangramos para marcar el territorio,

y en la cúspide de la pirámide de hueso,

el dinero baila un tango de ceniza

sobre los cráneos amarillos de la fraternidad.