SILENCIO DE LA ESPIGA V

José Honorio Martínez Ochoa

SILENCIO DE LA ESPIGA

V

Se amarga

la desnudez del amaranto.

Su amargura

no pertenece

a la tierra,

sino al tiempo

que madura

lentamente

entre las manos.

Después,

se dispersa

en el viento.

Como si toda adversidad

fuera también

una forma secreta

de la semilla.

En mí

las palabras

no buscan salir.

Respiran

en la profundidad

del silencio,

esperando

el instante

en que la voz

encuentre

su claridad.

Entonces

la mirada

aprende

la orfandad del aire.

La niebla

llama

sin pronunciar

ningún nombre.

Sólo permanece.

Sombra

de los vocablos.

Los lirios

no necesitan

ser descritos.

Basta

la luz

que los atraviesa

para que el mundo

comience

otra vez.

El aire,

sostenido

por el temblor

de la noche,

teje

la cercanía

de nuestros cuerpos.

Tu silencio

es un fuego

apacible.

Una lluvia

que desciende

sobre los labios

hasta que el amor

encuentra,

sin decirlo,

la palabra

que siempre

había esperado.

Y entonces comprendo:

la espiga

nunca estuvo

fuera de nosotros.

Crecía

en la paciencia

de la tierra,

en la herida

que aprendió

a ofrecer claridad,

en la memoria

que dejó

de perseguir

sus propias sombras.

La palabra

no llega

para dominar

el misterio.

Llega

cuando el misterio

acepta

ser escuchado.

Escribo

para permanecer

junto a aquello

que nace

sin ruido.

Para cuidar

la pequeña luz

que madura

bajo la sombra.

Para aprender

que todo comienzo

guarda

un silencio antiguo.

Y ahora,

cuando la noche

respira

sobre la tierra,

la espiga

inclina su cabeza.

No por cansancio.

Sino porque sabe

que ha llegado

el tiempo del grano.

Respira.

La palabra

ha encontrado

su nombre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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