SILENCIO DE LA ESPIGA
V
Se amarga
la desnudez del amaranto.
Su amargura
no pertenece
a la tierra,
sino al tiempo
que madura
lentamente
entre las manos.
Después,
se dispersa
en el viento.
Como si toda adversidad
fuera también
una forma secreta
de la semilla.
En mí
las palabras
no buscan salir.
Respiran
en la profundidad
del silencio,
esperando
el instante
en que la voz
encuentre
su claridad.
Entonces
la mirada
aprende
la orfandad del aire.
La niebla
llama
sin pronunciar
ningún nombre.
Sólo permanece.
Sombra
de los vocablos.
Los lirios
no necesitan
ser descritos.
Basta
la luz
que los atraviesa
para que el mundo
comience
otra vez.
El aire,
sostenido
por el temblor
de la noche,
teje
la cercanía
de nuestros cuerpos.
Tu silencio
es un fuego
apacible.
Una lluvia
que desciende
sobre los labios
hasta que el amor
encuentra,
sin decirlo,
la palabra
que siempre
había esperado.
Y entonces comprendo:
la espiga
nunca estuvo
fuera de nosotros.
Crecía
en la paciencia
de la tierra,
en la herida
que aprendió
a ofrecer claridad,
en la memoria
que dejó
de perseguir
sus propias sombras.
La palabra
no llega
para dominar
el misterio.
Llega
cuando el misterio
acepta
ser escuchado.
Escribo
para permanecer
junto a aquello
que nace
sin ruido.
Para cuidar
la pequeña luz
que madura
bajo la sombra.
Para aprender
que todo comienzo
guarda
un silencio antiguo.
Y ahora,
cuando la noche
respira
sobre la tierra,
la espiga
inclina su cabeza.
No por cansancio.
Sino porque sabe
que ha llegado
el tiempo del grano.
Respira.
La palabra
ha encontrado
su nombre.