Quererte fue descubrir que las estrellas también se desorientan
a quien las mira demasiado.
Yo estaba tan lleno de sur y vos te asomaste, desde un rincón de la mesa,
llena de eclipses cotidianos,
con tu risa de niña dejando de serlo,
y el aroma de las tormentas antes de lanzarse a la lluvia.
El mundo, que hasta entonces era un mecanismo ajustado,
empezó a comerse su propio esqueleto.
Cada beso tuyo desplazaba una constelación, y las nebulosas
llegaban tarde a los telescopios.
No era la velocidad de la luz. Ahora lo sé.
Era tu boca.
Ahora cada vez que llueve salpica exactamente
donde vos te reías.
Es ese talento absurdo que tienen algunas cosas
para recordar ciertas personas.
Como cuando dormías y las sábanas se aprendían tu geografía.
Cada pliegue. Cada bahía. Cada cordillera.
Una mañana debo haber querido decirte "te amo".
Esa frase demasiado pequeña.
Debo haber apoyado la oreja en tu pecho y escuchado.
Y no era un corazón. Era un océano ensayando mil veces su primera ola.
Amor de mi vida, este amor jamás sucedió entre nosotros,
sino entre dos formas distintas de desobedecer a la realidad.
Desde entonces sospecho que Dios y el universo aún están corrigiendo
ese desastre luminoso que cometimos,
vos y yo,
la primera vez que nos miramos.
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Autor:
Eduardo Villacal (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 27 de julio de 2026 a las 00:28
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 2

Offline)
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