Conocerte fue descubrir que las estrellas también desorientan
a quien las mira demasiado.
Yo estaba tan lleno de sur y vos te asomaste desde un rincón de la mesa,
tan llena de eclipses cotidianos,
con tu risa de niña, aunque habías dejado de serlo,
y el aroma de las tormentas antes de lanzarse sobre el campo.
El mundo, que hasta entonces era un mecanismo ajustado,
empezó a comerse su propio esqueleto.
Cada beso tuyo desplazaba una constelación, y los astros
llegaron tarde a los telescopios.
No era la velocidad de la luz. Ahora lo sé.
Era tu boca.
Ahora cada vez que llueve salpica exactamente
donde vos te reías.
Es ese talento absurdo que tienen algunas cosas
para seguir recordándote.
Como cuando dormías y las sábanas se aprendían tu geografía.
Cada cordillera. Cada bahía.
Alguna mañana habré dicho \"te amo\".
Una frase demasiado pequeña.
Debo haber apoyado la oreja en tu pecho y escuchado.
Y no era un corazón. Era un océano ensayando mil veces la misma ola.
Pero el amor jamás sucedió entre nosotros,
sino entre dos formas distintas de desobedecer a la realidad.
Desde entonces sospecho que Dios y el universo
aún corrigen ese descuido luminoso que cometimos vos y yo,
la primera vez que nos miramos.