Antes del primer nombre,
antes del primer latido,
la materia ensayaba silenciosamente
la posibilidad de despertar.
En el océano antiguo,
donde la luz apenas rozaba las aguas,
las moléculas aprendieron a encontrarse
como si obedecieran
una memoria escrita
antes del tiempo.
Entonces nació la célula.
Pequeña.
Frágil.
Y, sin embargo,
capaz de contener
el porvenir de los bosques,
de las ballenas,
de las montañas contempladas por ojos humanos,
y de las preguntas
que aún no existen.
El ADN comenzó a escribir
con un alfabeto de cuatro letras.
A,
T,
C,
G.
Tan pocas,
y suficientes
para narrar millones de especies,
extinciones,
renacimientos,
alas,
branquias,
corazones,
y cerebros capaces de preguntarse
por qué existen.
La evolución
no fue una escalera.
Fue un río.
No prometía perfección,
solo cambio.
Cada mutación
era un dado lanzado
contra el infinito.
Algunas desaparecieron
sin dejar huella.
Otras aprendieron
a convertirse
en nosotros.
Y mientras observamos galaxias lejanas,
dentro de cada célula
otro universo trabaja en silencio.
Proteínas que construyen.
Enzimas que corrigen.
Mitocondrias que encienden
el fuego invisible de la vida.
Todo ocurre
sin aplausos.
Sin testigos.
Sin descanso.
Quizá la ciencia
no sea el arte
de destruir misterios.
Quizá sea
la humilde decisión
de acercarnos a ellos
sin dejar de maravillarnos.
Porque cuanto más profundo
miramos la naturaleza,
más inmensa
se vuelve nuestra ignorancia.
Y comprendemos,
con una mezcla de asombro y humildad,
que el mayor milagro
no es haber encontrado respuestas,
sino pertenecer
al mismo universo
que un día aprendió
a hacerse preguntas
a través de nosotros.
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Autor:
Jhondy Algenys (
Offline) - Publicado: 26 de julio de 2026 a las 11:18
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 3
- Usuarios favoritos de este poema: Antonio Pais, alicia perez hernandez
- En colecciones: La vida humana.

Offline)
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