Jhondy Algenys

El Código de la Vida

Antes del primer nombre,

antes del primer latido,

la materia ensayaba silenciosamente

la posibilidad de despertar.

En el océano antiguo,

donde la luz apenas rozaba las aguas,

las moléculas aprendieron a encontrarse

como si obedecieran

una memoria escrita

antes del tiempo.

Entonces nació la célula.

Pequeña.

Frágil.

Y, sin embargo,

capaz de contener

el porvenir de los bosques,

de las ballenas,

de las montañas contempladas por ojos humanos,

y de las preguntas

que aún no existen.

El ADN comenzó a escribir

con un alfabeto de cuatro letras.

A,

T,

C,

G.

Tan pocas,

y suficientes

para narrar millones de especies,

extinciones,

renacimientos,

alas,

branquias,

corazones,

y cerebros capaces de preguntarse

por qué existen.

La evolución

no fue una escalera.

Fue un río.

No prometía perfección,

solo cambio.

Cada mutación

era un dado lanzado

contra el infinito.

Algunas desaparecieron

sin dejar huella.

Otras aprendieron

a convertirse

en nosotros.

Y mientras observamos galaxias lejanas,

dentro de cada célula

otro universo trabaja en silencio.

Proteínas que construyen.

Enzimas que corrigen.

Mitocondrias que encienden

el fuego invisible de la vida.

Todo ocurre

sin aplausos.

Sin testigos.

Sin descanso.

Quizá la ciencia

no sea el arte

de destruir misterios.

Quizá sea

la humilde decisión

de acercarnos a ellos

sin dejar de maravillarnos.

Porque cuanto más profundo

miramos la naturaleza,

más inmensa

se vuelve nuestra ignorancia.

Y comprendemos,

con una mezcla de asombro y humildad,

que el mayor milagro

no es haber encontrado respuestas,

sino pertenecer

al mismo universo

que un día aprendió

a hacerse preguntas

a través de nosotros.