Mi pecho
nunca fue un templo.
Fue una estrella
colapsando sobre sí misma.
Todo lo que amé
entró en su gravedad
sin saber
que ningún sol
abraza:
devora.
Quise hacerle costuras
a la noche.
Coser los párpados
de la muerte.
Ponerle nombre
a lo irreversible.
Pero el destino
es un animal
que solo aprende
el idioma del hambre.
Y yo...
yo alimenté su boca
con mis propias manos.
Esa fue mi hamartia:
confundir
el incendio
con el calor.
Creer
que un corazón
podía latir
más fuerte
que el universo.
Ahora camino
con un eclipse
clavado entre las costillas,
y donde otros ven sombra,
yo reconozco
las cenizas
de la luz
que intenté salvar.
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Autor:
Miguel Aiuqrux (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 24 de julio de 2026 a las 21:52
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 3

Offline)
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