Miguel Aiuqrux

HAMARTIA

 

Mi pecho

nunca fue un templo.

Fue una estrella

colapsando sobre sí misma.

Todo lo que amé

entró en su gravedad

sin saber

que ningún sol

abraza:

devora.

Quise hacerle costuras

a la noche.

Coser los párpados

de la muerte.

Ponerle nombre

a lo irreversible.

Pero el destino

es un animal

que solo aprende

el idioma del hambre.

Y yo...

yo alimenté su boca

con mis propias manos.

Esa fue mi hamartia:

confundir

el incendio

con el calor.

Creer

que un corazón

podía latir

más fuerte

que el universo.

Ahora camino

con un eclipse

clavado entre las costillas,

y donde otros ven sombra,

yo reconozco

las cenizas

de la luz

que intenté salvar.