Mi pecho
nunca fue un templo.
Fue una estrella
colapsando sobre sí misma.
Todo lo que amé
entró en su gravedad
sin saber
que ningún sol
abraza:
devora.
Quise hacerle costuras
a la noche.
Coser los párpados
de la muerte.
Ponerle nombre
a lo irreversible.
Pero el destino
es un animal
que solo aprende
el idioma del hambre.
Y yo...
yo alimenté su boca
con mis propias manos.
Esa fue mi hamartia:
confundir
el incendio
con el calor.
Creer
que un corazón
podía latir
más fuerte
que el universo.
Ahora camino
con un eclipse
clavado entre las costillas,
y donde otros ven sombra,
yo reconozco
las cenizas
de la luz
que intenté salvar.