El perro

Nicolás Alejandro Gabriel

Ayer te vi partir,

y de inmediato supe que no volverías.

Fue por el comportamiento del perro,

que siguió durmiendo en la sombra,

masticando agua y

ladrando sin pausa, sin hacerse problema.

Al parecer él conocía de antemano

el plan que al fin pusiste en marcha

y por dentro terminó su procesión.

 

En la casa no quedó nada de ti,

ni una media sin su par, ni estallidos,

ni siquiera ovillos de tus cabellos en el suelo.

 

Y como castigo premeditado,

dejaste colgadas en las paredes nuestras fotos juntos.

¡Qué puñal certero a mi garganta!

 

También guardaste mis cosas en cajas de cartón,

como si los dos estuviéramos partiendo. Es cierto.

Tú partiste hacia otro lado,

y yo me quedé partido,

exactamente a la mitad.



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