Ayer te vi partir,
y de inmediato supe que no volverías.
Fue por el comportamiento del perro,
que siguió durmiendo en la sombra,
masticando agua y
ladrando sin pausa, sin hacerse problema.
Al parecer él conocía de antemano
el plan que al fin pusiste en marcha
y por dentro terminó su procesión.
En la casa no quedó nada de ti,
ni una media sin su par, ni estallidos,
ni siquiera ovillos de tus cabellos en el suelo.
Y como castigo premeditado,
dejaste colgadas en las paredes nuestras fotos juntos.
¡Qué puñal certero a mi garganta!
También guardaste mis cosas en cajas de cartón,
como si los dos estuviéramos partiendo. Es cierto.
Tú partiste hacia otro lado,
y yo me quedé partido,
exactamente a la mitad.