Nadie ha visto
las costillas del océano.
Los navegantes
aprenden sus olas,
los peces
aprenden sus corrientes,
la luna
aprende su respiración.
Pero sus huesos
permanecen ocultos
bajo el peso
de todos los cielos.
Dicen
que cada costilla
fue tallada
con el silencio
que quedó
después del primer trueno.
No sostienen el agua.
Sostienen
la memoria
de su profundidad.
Una madrugada
el mar
abrió apenas
una de ellas.
No escuché
el ruido del agua.
Escuché
cómo el horizonte
mudaba de piel.
Desde aquella grieta
salieron lentamente
los peces transparentes
que alimentan
los sueños
de las ballenas.
Vi también
anclas
que jamás conocieron barcos,
conchas
que guardaban
la voz
de lluvias futuras,
y un arrecife
formado
por las preguntas
que los niños
dejaron escapar
antes de aprender
el nombre del miedo.
Seguí descendiendo.
El agua
ya no era agua.
Era un cristal
hecho
de respiraciones antiguas.
Entonces comprendí
que el océano
no tiene fondo.
Tiene memoria.
Y que sus costillas
no protegen un corazón,
sino una inmensa habitación
donde el universo
aprende,
gota tras gota,
el difícil oficio
de escuchar
su propio silencio.
Cuando regresé a la orilla,
traía las manos vacías.
Sin embargo,
entre mis dedos
continuaba latiendo
una pequeña ola
que nunca había tocado el mar.
Desde entonces,
cada vez que escucho
el rumor de una concha,
sé que no oigo
el océano.
Escucho
el lento crecimiento
de sus huesos invisibles,
todavía sosteniendo
el peso
de todos nuestros sueños.
Rosa María Reeder
Derechos Reservados
-
Autor:
Rosa Maria Reeder (
Offline) - Publicado: 22 de julio de 2026 a las 00:57
- Comentario del autor sobre el poema: “Todo océano guarda un esqueleto de agua donde descansan las mareas que todavía no han nacido.”
- Categoría: Surrealista
- Lecturas: 8
- Usuarios favoritos de este poema: Gabriel Aranda

Offline)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.