Rosa Maria Reeder

Las costillas del océano

Nadie ha visto

las costillas del océano.

Los navegantes

aprenden sus olas,

los peces

aprenden sus corrientes,

la luna

aprende su respiración.

Pero sus huesos

permanecen ocultos

bajo el peso

de todos los cielos.

Dicen

que cada costilla

fue tallada

con el silencio

que quedó

después del primer trueno.

No sostienen el agua.

Sostienen

la memoria

de su profundidad.

Una madrugada

el mar

abrió apenas

una de ellas.

No escuché

el ruido del agua.

Escuché

cómo el horizonte

mudaba de piel.

Desde aquella grieta

salieron lentamente

los peces transparentes

que alimentan

los sueños

de las ballenas.

Vi también

anclas

que jamás conocieron barcos,

conchas

que guardaban

la voz

de lluvias futuras,

y un arrecife

formado

por las preguntas

que los niños

dejaron escapar

antes de aprender

el nombre del miedo.

Seguí descendiendo.

El agua

ya no era agua.

Era un cristal

hecho

de respiraciones antiguas.

Entonces comprendí

que el océano

no tiene fondo.

Tiene memoria.

Y que sus costillas

no protegen un corazón,

sino una inmensa habitación

donde el universo

aprende,

gota tras gota,

el difícil oficio

de escuchar

su propio silencio.

Cuando regresé a la orilla,

traía las manos vacías.

Sin embargo,

entre mis dedos

continuaba latiendo

una pequeña ola

que nunca había tocado el mar.

Desde entonces,

cada vez que escucho

el rumor de una concha,

sé que no oigo

el océano.

Escucho

el lento crecimiento

de sus huesos invisibles,

todavía sosteniendo

el peso

de todos nuestros sueños.

Rosa María Reeder

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