Hubo un tiempo
en que las sombras
no seguían a nadie.
Dormían,
cerradas sobre sí mismas,
como semillas
que aún ignoraban
la existencia del bosque.
La luz cruzaba el mundo
sin dejar memoria,
porque nada sabía
de la ternura del contraste.
Entonces apareció
una hoja
que cayó
sin desprenderse del árbol.
Mientras descendía,
abrió lentamente
una grieta en el aire.
De aquella grieta
no nació la noche.
Nació el primer aliento
de la sombra.
Respiró.
Y el silencio,
que llevaba siglos
conteniendo el universo,
movió por primera vez
sus ramas invisibles.
Desde entonces,
las montañas
aprendieron a guardar ecos.
Los ríos
a conservar el rostro
de las nubes.
Las piedras
a esconder
el calor del mediodía.
Y los hombres
a reconocer
que toda luz
lleva consigo
una pregunta.
Muchos buscaron
el lugar
donde ocurrió aquel prodigio.
Hallaron cuevas,
bosques,
desiertos,
espejos.
Nadie lo encontró.
Porque ese lugar
no pertenece a la tierra.
Se abre,
por un instante,
cada vez que un corazón
deja de temer
su propia oscuridad.
Allí,
las sombras
ya no huyen de la luz.
Respiran con ella,
como dos raíces
que beben
la misma lluvia invisible.
Y comprendí,
cuando el alba
tocó mi frente,
que la claridad
no vence a la noche.
La abraza,
hasta que ambas
aprenden
el antiguo lenguaje
con el que el misterio
pronuncia
el nombre
de la esperanza.
Rosa María Reeder
Derechos Reservados
-
Autor:
Rosa Maria Reeder (
Offline) - Publicado: 21 de julio de 2026 a las 01:31
- Comentario del autor sobre el poema: «Las sombras no nacieron para ocultar la luz, sino para enseñarle la profundidad del misterio.»
- Categoría: Surrealista
- Lecturas: 9
- Usuarios favoritos de este poema: Gabriel Aranda, Lualpri, Mauro Enrique Lopez Z.

Offline)
Comentarios1
Buenisiiiiimo.Gracias
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