Rosa Maria Reeder

Donde las sombras aprendieron a respirar

Hubo un tiempo

en que las sombras

no seguían a nadie.

Dormían,

cerradas sobre sí mismas,

como semillas

que aún ignoraban

la existencia del bosque.

La luz cruzaba el mundo

sin dejar memoria,

porque nada sabía

de la ternura del contraste.

Entonces apareció

una hoja

que cayó

sin desprenderse del árbol.

Mientras descendía,

abrió lentamente

una grieta en el aire.

De aquella grieta

no nació la noche.

Nació el primer aliento

de la sombra.

Respiró.

Y el silencio,

que llevaba siglos

conteniendo el universo,

movió por primera vez

sus ramas invisibles.

Desde entonces,

las montañas

aprendieron a guardar ecos.

Los ríos

a conservar el rostro

de las nubes.

Las piedras

a esconder

el calor del mediodía.

Y los hombres

a reconocer

que toda luz

lleva consigo

una pregunta.

Muchos buscaron

el lugar

donde ocurrió aquel prodigio.

Hallaron cuevas,

bosques,

desiertos,

espejos.

Nadie lo encontró.

Porque ese lugar

no pertenece a la tierra.

Se abre,

por un instante,

cada vez que un corazón

deja de temer

su propia oscuridad.

Allí,

las sombras

ya no huyen de la luz.

Respiran con ella,

como dos raíces

que beben

la misma lluvia invisible.

Y comprendí,

cuando el alba

tocó mi frente,

que la claridad

no vence a la noche.

La abraza,

hasta que ambas

aprenden

el antiguo lenguaje

con el que el misterio

pronuncia

el nombre

de la esperanza.

Rosa María Reeder

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