Me perdí en el mundo real, por favor mientras no estoy, no se maten.
No pertenezco aquí.
Ni en las mesas llenas de ruido,
ni en las ciudades que prometen futuro
con luces demasiado blancas.
Camino intentando encajar,
sonrío,
aprendo nombres,
me siento un rato,
pero siempre hay algo en mí
que se queda afuera.
Como si mi corazón hablara otro idioma.
Como si todavía dijera
ma’ in wojel bix a beel
—no sé cómo seguir este camino—.
Extraño el pasado
aunque también me dolía.
Extraño las versiones antiguas de mí
que sobrevivían con menos preguntas.
A veces quisiera volver
aunque sé que allá tampoco pertenecía.
Y eso es lo más triste:
sentirse extranjero
incluso dentro de la memoria.
Mi alma parece hecha
de despedidas pequeñas,
de lugares donde me quedé poco tiempo,
de personas que me miraron
sin terminar de verme.
Intento ser fuerte,
in wojel, lo intento,
pero hay noches donde el pecho pesa
como tierra mojada después de la lluvia.
Entonces cierro los ojos
y escucho el eco de una vida
que nunca terminé de habitar.
Tal vez nací para esto:
para buscar hogar
como quien busca una estrella en el mar,
sabiendo que es hermosa
pero imposible de tocar.

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