Los Hijos del Hambre

Luis Barreda Morán

Los hijos del hambre

No nacen del viento.

No despiertan una mañana
como si la violencia
brotara de la tierra
igual que la hierba después de la lluvia.

Antes hubo manos
que cercaron los campos,
firmas que privatizaron los ríos,
mercados que pusieron precio
al pan,
al agua,
a la salud,
a la esperanza.

Y mientras unos levantaban
torres de cristal,
otros aprendían
que la pobreza también tiene fronteras,
que el hambre puede heredarse,
que la desigualdad
es una fábrica silenciosa
donde se producen generaciones enteras
de sueños rotos.

Allí,
en el barrio olvidado,
en la montaña abandonada,
en la comunidad donde nunca llegó
la escuela prometida
ni el hospital anunciado,
crecen las preguntas
que nadie quiso responder.

¿Por qué unos nacen con alas
y otros con cadenas?

Cuando el Estado se vuelve ausencia,
cuando la justicia cambia de dueño,
cuando la corrupción vende la ley
al mejor postor,
el vacío aprende a llamarse
crimen organizado,
pandilla,
cartel,
mercenario,
insurgencia,
desesperación.

No porque la pobreza
condene inevitablemente al delito,
sino porque el abandono
convierte la necesidad
en la moneda más barata.

El narcotráfico
no florece únicamente
en la tierra del hambre;
también necesita bancos,
armas,
funcionarios comprados,
mercados que consuman,
fronteras selectivas
y silencios demasiado rentables.

La migración
no siempre comienza
en un aeropuerto.

Empieza
cuando una madre comprende
que el salario no alcanza para el pan;
cuando un agricultor
ve morir su cosecha;
cuando un joven descubre
que su futuro tiene más muros
que caminos.

Entonces caminar
deja de ser una elección
y se convierte
en la última esperanza.

Hay quienes dicen
que todo es culpa
de una sola ideología.

Hay quienes responden
que la historia
nunca cabe
en una sola palabra.

Pero resulta imposible ignorar
que cuando la riqueza
sube por un ascensor privado
y la mayoría desciende
por la escalera del olvido,
la democracia comienza
a perder su voz.

No basta con celebrar
la libertad de los mercados
si millones
no pueden ejercer
la libertad de vivir con dignidad.

No basta con hablar
de crecimiento
cuando la mesa continúa vacía
y el miedo cena cada noche
con las mismas familias.

La paz
no se decreta.

Se cultiva.

Con escuelas
antes que prisiones.

Con hospitales
antes que trincheras.

Con trabajo digno
antes que discursos.

Con instituciones
que sirvan al pueblo
y no a los privilegios.

Porque ninguna sociedad
puede llamarse libre
mientras la abundancia de unos pocos
dependa del cansancio
de los muchos.

Y quizás entonces,
cuando la dignidad
deje de ser un privilegio,
los hijos del hambre
dejen de aprender
el idioma de la violencia,

y comiencen,
por fin,
a escribir
el lenguaje sencillo
de la justicia.

--Luis Barreda/LAB

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