El viaje de la muerte
La muerte no llega. Llama.
Una vez al día. Siempre a la misma hora.
El teléfono suena con ese timbre
que recuerda al pan que nadie parte.
Pregunta por mamá.
O por quien salió por cigarrillos.
A veces no dice nada:
solo una respiración,
un olor a café frío
en una casa donde ya no vive nadie.
La muerte no corre.
Viaja en trenes que nadie ve,
con una maleta de tela oscura
y nombres bordados en voz baja.
Y nosotros, tranquilos,
como si no oyéramos
ese sonido mínimo
respirando dentro del silencio.
Habla como quien ha cerrado ventanas
en habitaciones que aún guardan calor.
Dice: —Ya casi llego.
Y nosotros ponemos la tetera,
sacudimos el polvo de los marcos,
miramos el móvil encendido
como si fuera una vela.
A veces se sienta en la escalera,
donde dejamos los zapatos mojados.
No llama al timbre. No rompe nada.
Solo espera.
Con aliento tibio,
con manos que saben a despedida.
Escucha las conversaciones
a través de los vasos.
No siempre tiene prisa.
A veces se queda en los rincones,
oliendo la ropa tendida.
Le gusta el ajo frito,
el sudor en las sábanas,
la foto donde nadie sonreía del todo.
Se le escapa una lágrima
al vernos dormir con la boca abierta,
envueltos en mantas baratas.
Nos acaricia el cabello,
como quien va a despedirse
pero no se atreve.
Y entonces,
cuando creemos que ha vuelto a marcharse,
suena el móvil.
Sin número.
Sin vibración.
Y la voz —la nuestra—
susurra:
—Sí. Ya estoy listo.
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Autor:
Wii (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 17 de julio de 2026 a las 06:50
- CategorÃa: Reflexión
- Lecturas: 8
- Usuarios favoritos de este poema: Mauro Enrique Lopez Z., Jaime Correa, Tommy Duque, El desalmado, Daniel Omar Cignacco, Nelly Cevallos - Liora

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