SILENCIO DE LA ESPIGA IV

José Honorio Martínez Ochoa

SILENCIO DE LA ESPIGA

IV

Todo resplandece

sin anunciarse.

La espiga

conduce tus pasos.

No conoce

la edad de la niebla.

Sólo

el tiempo

que necesita la semilla

para convertirse

en pan

y claridad.

Tu amanecer

atraviesa mi sangre.

No hiere.

Abre.

Mi corazón

aprende

el misterio

de permanecer despierto

dentro

de su propia oscuridad.

Cuando el mar

alcanza

la cima de su sed,

descubro

que no es la ola

la que viene hacia mí.

Soy yo

quien entra,

lentamente,

en su respiración,

hasta comprender

que el amor

no consiste

en poseer el mundo,

sino en permanecer

donde el mundo

encuentra su voz.

El sol

cava la tierra.

La luz

desciende

hasta la raíz

del día.

El viento

atraviesa el espacio

como una memoria

que ninguna distancia

consigue borrar.

En la respiración

del poema

madura

la inocencia.

Un hilo de agua

atraviesa mi sed

hasta convertir

la noche

en un jardín.

Mis manos

encuentran

el contorno

de tu cuerpo.

No recogen

el pan.

Recogen

la claridad

que el cuerpo deja

cuando aprende

a permanecer.

Tus labios

inclinan

el viento.

Mi beso

despierta

la espiga del agua

entre

nuestras manos.

Entonces

la oscuridad

deja de ser caída.

Se vuelve

el lugar

donde la lluvia

devuelve

a la sangre

el temblor

de su primer día.

Hay misterios

que sólo la tierra

comprende

cuando el silencio

comienza

a pronunciar

sus frutos.

Me recojo

entre las ramas

del árbol.

Nuestro lecho

respira

sobre el horizonte.

Las palabras

ya no se persiguen.

El río

las conduce.

La memoria

aprende

la paciencia

del agua.

La niebla

todavía

conserva

la infancia

de la mañana.

Y en ese arrullo,

donde el agua,

la tierra

y tu cuerpo

comparten

una misma respiración,

comprendo

que el poema

no busca

explicar el universo.

Sólo permanecer

en el instante

en que el mundo

se deja revelar.

 

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