SILENCIO DE LA ESPIGA
IV
Todo resplandece
sin anunciarse.
La espiga
conduce tus pasos.
No conoce
la edad de la niebla.
Sólo
el tiempo
que necesita la semilla
para convertirse
en pan
y claridad.
Tu amanecer
atraviesa mi sangre.
No hiere.
Abre.
Mi corazón
aprende
el misterio
de permanecer despierto
dentro
de su propia oscuridad.
Cuando el mar
alcanza
la cima de su sed,
descubro
que no es la ola
la que viene hacia mí.
Soy yo
quien entra,
lentamente,
en su respiración,
hasta comprender
que el amor
no consiste
en poseer el mundo,
sino en permanecer
donde el mundo
encuentra su voz.
El sol
cava la tierra.
La luz
desciende
hasta la raíz
del día.
El viento
atraviesa el espacio
como una memoria
que ninguna distancia
consigue borrar.
En la respiración
del poema
madura
la inocencia.
Un hilo de agua
atraviesa mi sed
hasta convertir
la noche
en un jardín.
Mis manos
encuentran
el contorno
de tu cuerpo.
No recogen
el pan.
Recogen
la claridad
que el cuerpo deja
cuando aprende
a permanecer.
Tus labios
inclinan
el viento.
Mi beso
despierta
la espiga del agua
entre
nuestras manos.
Entonces
la oscuridad
deja de ser caída.
Se vuelve
el lugar
donde la lluvia
devuelve
a la sangre
el temblor
de su primer día.
Hay misterios
que sólo la tierra
comprende
cuando el silencio
comienza
a pronunciar
sus frutos.
Me recojo
entre las ramas
del árbol.
Nuestro lecho
respira
sobre el horizonte.
Las palabras
ya no se persiguen.
El río
las conduce.
La memoria
aprende
la paciencia
del agua.
La niebla
todavía
conserva
la infancia
de la mañana.
Y en ese arrullo,
donde el agua,
la tierra
y tu cuerpo
comparten
una misma respiración,
comprendo
que el poema
no busca
explicar el universo.
Sólo permanecer
en el instante
en que el mundo
se deja revelar.