UNA MIRADA AL TÁMESIS

José Antonio Artés

Desde el salón de cristal,

la mirada se riza sobre el agua:

trazados de una partitura

que las gaviotas escriben al volar

sobre una pareja detenida en la orilla.

 

 

Llegué aún con el calor,

el sol ardiendo

en la memoria de la piel.

 

 

Londres me concedió una tregua,

un verano que no hiere,

nubes que mudan de opinión,

una brisa que entra por la ventana

sin pedir permiso.

 

 

Pasan barcazas:

lentas, graves,

cargadas con el cansancio

de los viejos muelles,

de puertos que aprendieron

a convivir con la niebla.

 

 

Remeros acompasados.

Los cuerpos se pliegan,

los remos abren en el agua

una herida breve

que el río cierra al instante.

 

 

En mi tierra, a esta hora,

las persianas están rendidas,

las aceras guardan el incendio,

alguien busca una sombra

como quien busca una palabra

que le salve la tarde.

 

 

El Támesis no sabe por qué he venido.

Ignora el equipaje, la distancia,

los termómetros obstinados,

ese afán de respirar

que es, quizá,

una forma modesta de gozar.

 

 

Sigue su curso entre los edificios,

indiferente y hospitalario,

arrastrando la luz,

el rumor exacto de las palas,

las horas que se van

sin hacer ruido.

 

 

Por eso permanezco

junto al cristal,

mientras la tarde se demora

y el río, sin saberlo,

me devuelve el reflejo

sin prisa y sin preguntas.

 

José Antonio Artés Sánchez

 

 



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