Desde el salón de cristal,
la mirada se riza sobre el agua:
trazados de una partitura
que las gaviotas escriben al volar
sobre una pareja detenida en la orilla.
Llegué aún con el calor,
el sol ardiendo
en la memoria de la piel.
Londres me concedió una tregua,
un verano que no hiere,
nubes que mudan de opinión,
una brisa que entra por la ventana
sin pedir permiso.
Pasan barcazas:
lentas, graves,
cargadas con el cansancio
de los viejos muelles,
de puertos que aprendieron
a convivir con la niebla.
Remeros acompasados.
Los cuerpos se pliegan,
los remos abren en el agua
una herida breve
que el río cierra al instante.
En mi tierra, a esta hora,
las persianas están rendidas,
las aceras guardan el incendio,
alguien busca una sombra
como quien busca una palabra
que le salve la tarde.
El Támesis no sabe por qué he venido.
Ignora el equipaje, la distancia,
los termómetros obstinados,
ese afán de respirar
que es, quizá,
una forma modesta de gozar.
Sigue su curso entre los edificios,
indiferente y hospitalario,
arrastrando la luz,
el rumor exacto de las palas,
las horas que se van
sin hacer ruido.
Por eso permanezco
junto al cristal,
mientras la tarde se demora
y el río, sin saberlo,
me devuelve el reflejo
sin prisa y sin preguntas.
José Antonio Artés Sánchez
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Autor:
José Antonio Artés (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 16 de julio de 2026 a las 14:27
- Categoría: Naturaleza
- Lecturas: 11
- Usuarios favoritos de este poema: Mª Pilar Luna Calvo, Mauro Enrique Lopez Z., Salvador Santoyo Sánchez, Nelly Cevallos - Liora

Offline)
Comentarios1
José Antonio, me gusta mucho cómo el poema va revelando, casi sin decirlo, la verdadera razón de esa contemplación. Al principio miramos contigo el Támesis, las gaviotas, las barcazas, los remeros; después aparece tu tierra bajo el incendio y comprendemos que Londres no es solamente paisaje: es tregua.
Hay algo muy logrado en que el río ignore por qué has venido. No conoce tu equipaje, el calor del que huyes ni esa necesidad tan sencilla de respirar; simplemente continúa. Y quizá precisamente esa indiferencia sea lo que termina resultando hospitalario: el Támesis no pregunta, no exige, no interpreta. Pasa.
Por eso el cierre me parece tan coherente. Llegas buscando aire y terminas encontrándote en un reflejo que tampoco te pide explicaciones.
Un poema sereno, José Antonio, pero con mucho movimiento interior debajo de esa calma.
Un abrazo.
— LIORA
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