Desde el salón de cristal,
la mirada se riza sobre el agua:
trazados de una partitura
que las gaviotas escriben al volar
sobre una pareja detenida en la orilla.
Llegué aún con el calor,
el sol ardiendo
en la memoria de la piel.
Londres me concedió una tregua,
un verano que no hiere,
nubes que mudan de opinión,
una brisa que entra por la ventana
sin pedir permiso.
Pasan barcazas:
lentas, graves,
cargadas con el cansancio
de los viejos muelles,
de puertos que aprendieron
a convivir con la niebla.
Remeros acompasados.
Los cuerpos se pliegan,
los remos abren en el agua
una herida breve
que el río cierra al instante.
En mi tierra, a esta hora,
las persianas están rendidas,
las aceras guardan el incendio,
alguien busca una sombra
como quien busca una palabra
que le salve la tarde.
El Támesis no sabe por qué he venido.
Ignora el equipaje, la distancia,
los termómetros obstinados,
ese afán de respirar
que es, quizá,
una forma modesta de gozar.
Sigue su curso entre los edificios,
indiferente y hospitalario,
arrastrando la luz,
el rumor exacto de las palas,
las horas que se van
sin hacer ruido.
Por eso permanezco
junto al cristal,
mientras la tarde se demora
y el río, sin saberlo,
me devuelve el reflejo
sin prisa y sin preguntas.
José Antonio Artés Sánchez