I.
Hunde el roble sus dedos de madera
en el vientre marrón de la memoria,
comulgando en la sombra con la hoguera
del agua, de la savia y de su historia.
El viento hozó en su copa deshojada.
—¿Qué te duele, gigante de corteza?
Y el árbol, ya sin voz, de una mirada,
mostró su corazón y su crudeza:
—Me duele un frío que se vuelve llama,
un silencio sin nidos, sin zureo.
Esto que fui y que el tiempo ya reclama
mientras la noche afila su deseo.
La tierra abrió una grieta milenaria
y no dio su consuelo: dio su lodo.
—Que arañas el cielo, bestia agraria,
sabes que todo vuelve a ser mi todo.
II.
Mas cruje el bosque. El diálogo se quiebra.
No es el rayo feroz ni la ventisca;
es un paso de fuego que se enhebra,
un seco golpe que la sombra arrisca.
Llegó el hombre.
Traía en el ojal una astilla de acero.
Una sierra sin dientes.
El hacha muerde el tronco sin mesura.
Un eco huerco viola la montaña.
El roble cae sin arquitectura
bajo un cielo que observa y que no habla.
III.
Se apaga el verde. El coloso en tierra
es un solar de pájaros ausentes.
El hombre pasa, la corteza encierra
en sus sacos de sal y de simiente.
Pero en el suelo donde el gigante yace,
donde la herida es lava de resina,
hay un ciego corazón que no se duerme:
un puño de bellota que germina
sin preguntar, sin esperar respuesta,
un sol diminuto y soterrado.
Algo se agita en la oquedad sombría
—no una voz, sino un latido airado,
un eco ciego de necesidad.
Antonio Portillo Spinola ©
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Autor:
Spinoport (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 8 de julio de 2026 a las 13:58
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 8
- Usuarios favoritos de este poema: Mauro Enrique Lopez Z., alicia perez hernandez, Salvador Santoyo Sánchez, India De La Puente

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