Antonio Portillo

EL VIEJO ROBLE

 

I.

​Hunde el roble sus dedos de madera

en el vientre marrón de la memoria,

comulgando en la sombra con la hoguera

del agua, de la savia y de su historia.

​El viento hozó en su copa deshojada.

¿Qué te duele, gigante de corteza?

Y el árbol, ya sin voz, de una mirada,

mostró su corazón y su crudeza:

​—Me duele un frío que se vuelve llama,

un silencio sin nidos, sin zureo.

Esto que fui y que el tiempo ya reclama

mientras la noche afila su deseo.

​La tierra abrió una grieta milenaria

y no dio su consuelo: dio su lodo.

Que arañas el cielo, bestia agraria,

sabes que todo vuelve a ser mi todo.

II.

​Mas cruje el bosque. El diálogo se quiebra.

No es el rayo feroz ni la ventisca;

es un paso de fuego que se enhebra,

un seco golpe que la sombra arrisca.

​Llegó el hombre.

Traía en el ojal una astilla de acero.

Una sierra sin dientes.

 

​El hacha muerde el tronco sin mesura.

Un eco huerco viola la montaña.

El roble cae sin arquitectura

bajo un cielo que observa y que no habla.

III.

​Se apaga el verde. El coloso en tierra

es un solar de pájaros ausentes.

El hombre pasa, la corteza encierra

en sus sacos de sal y de simiente.

​Pero en el suelo donde el gigante yace,

donde la herida es lava de resina,

hay un ciego corazón que no se duerme:

un puño de bellota que germina

​sin preguntar, sin esperar respuesta,

un sol diminuto y soterrado.

Algo se agita en la oquedad sombría

—no una voz, sino un latido airado,

un eco ciego de necesidad.

​Antonio Portillo Spinola ©