Día de muertos

David Eduardo

Puse en mi altar el rostro de mis difuntos.

Esas personas que por años me quisieron,

me dieron todo y me regalaron sueños

sin esperar nada a cambio.

 

Antes tuve que comprar lo que a ellos

en vida les gustaban; libros de poesía,

cigarros, alcohol, amor, frutas de deseo,

anhelos de medio día, besos de noches.

 

Ordené todo, antes de poner mi altar;

barrí la casa, lavé la ropa, escoré todo

lo desordenado y por último bañé al perro.

 

Cuando terminé todo, ahora sí puse la comida:

Pan de muerto con cenizas de olvido,

píib de melancolía y tristeza,

dulces de lejanía y soledad,

chocolate de lágrimas y agua bendita

de las mejillas de mi madre.

 

Luego coloqué las velas para iluminar 

la cena, puse dos en la puerta de mi casa

para que los difuntos sepan que 

aquí hay comida y agua,

también para que puedan descansar.

 

Unas horas después las almas llegaron;

se sentaron junto a la mesa, se sirvieron

la comida y bebieron del agua y el chocolate.

Comían alegres, sin pena, sin timidez,

convivían entre ellos y cuando estuvieron

a punto de terminar uno de ellos se levantó

de su asiento y dijo unas palabras:

 

Por los vivos,

por los que volvieron,

por los que se van.

Por esas almas que caminan en el inframundo,

que conviven con el pecado

y sufren su victoria.

Para aquellos que se amaron 

con locura y desenfreno,

y los que en su dolor

fueron refugio

de las mariposas

que iba migrando

en busca de un hogar.

 

Levantó su jícara y brindó, todos

hicieron lo mismo

y cuando levanté mi rostro la única foto

que veía en el altar era la mía.

 

 



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